Hoy por la mañana llegué al centro de Santiago premunido de mi gran paragua (lejos, el mejor quitasol de verano). Contento de mi prudencia, subí a la oficina (hasta con ganas de trabajar). Al momento del almuerzo, miré por la ventana. No llovía. Me pregunté si el agua se largaría de un segundo a otro. En un acto de sagacidad propio de mi indómita juventud, aposté que no. Salí a buscar mi boliche de siempre, contento. Me senté en una mesa, hice el pedido y empecé a leer el libro que siempre trafico debajo de la axila. Me tomé el consomé mirando por la ventana del local: nada de lluvia. Sonreí al aire sintiéndome un ganador. Seguí con mi ensalada surtida y luego con mi ají de gallina. Del agua, nada de nada. Contento pedí el café de cortesía (pequeño, fuerte y sin azúcar). Al instante de pagar la cuenta el cielo se rasgó en dos. Las lluvias cayeron con furia y sin respeto. Poco les importó a las nubes negras que mi libro versara sobre el pensamiento de John Locke. Ahora, de regreso en la...
Historias corrientes que pueden estar sucediendo en este preciso momento en cualquier lugar del mundo.