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Entradas

Paraguas

Hoy por la mañana llegué al centro de Santiago premunido de mi gran paragua (lejos, el mejor quitasol de verano). Contento de mi prudencia, subí a la oficina (hasta con ganas de trabajar). Al momento del almuerzo, miré por la ventana. No llovía. Me pregunté si el agua se largaría de un segundo a otro. En un acto de sagacidad propio de mi indómita juventud, aposté que no. Salí a buscar mi boliche de siempre, contento. Me senté en una mesa, hice el pedido y empecé a leer el libro que siempre trafico debajo de la axila. Me tomé el consomé mirando por la ventana del local: nada de lluvia. Sonreí al aire sintiéndome un ganador. Seguí con mi ensalada surtida y luego con mi ají de gallina. Del agua, nada de nada. Contento pedí el café de cortesía (pequeño, fuerte y sin azúcar). Al instante de pagar la cuenta el cielo se rasgó en dos. Las lluvias cayeron con furia y sin respeto. Poco les importó a las nubes negras que mi libro versara sobre el pensamiento de John Locke. Ahora, de regreso en la...
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Sumergirse

Era su primera vez en la Corte Suprema. Las veces que había venido antes a Santiago jamás pensó siquiera en visitar el Palacio de Tribunales. Su terruño siempre fueron los campos del sur: el verde del pasto, el canto del gallo y la leche fresca de vaca recién ordeñada. Cuando en la cátedra de Derecho Procesal el profesor hablaba del máximo tribunal chileno, él lo imaginaba como algo parecido al Castillo de Grayskull, de la serie He-Man que veía de chico. Un día decidió darse un golpe de realidad. Ver para creer. Buscó en la web todo registro fotográfico que sacara a relucir la arquitectura del edificio que albergaba a la altísima jurisdicción. Será curiosa la vida: lo que más llamó su atención fueron las piscinas de agua -eso le parecieron- que engalanaban el frontis de la más alta magistratura nacional. Aquello despertó en él una profunda comprensión acuática del fenómeno jurídico. Las fuentes del derecho y las lagunas de ley fueron conceptos que su mojada imaginación asociaba con el ...

Tzyepa

Tzyepa era un hámster. Llegó a nuestra casa cuando la familia de sus dueños, unos rusos residentes en Chile, volvió a su tierra natal. Se suponía, eso sí, que un día regresarían por él. Así, en rigor, el diminuto roedor era sólo un allegado entre nosotros, una visita (a lo más, un pensionista, igual a ese joven sureño que se viene a Santiago a cursar la universidad). De inmediato Tzyepa tuvo que aprender a vivir entre un gato viejo y una perra cachorra. El felino siempre miró al ratón con gula, mientras que la cachorra se entregó a él sin pensarlo (y sin darse cuenta de las diferencias que los distanciaban). El pequeño peludo supo burlar al gato, y corresponder el cariño de la perra (ella lo lamía tras las rejas, él le masajeaba el lomo con sus minúsculas patas). Al tiempo, estalló la guerra entre Rusia y Ucrania, y los dueños del hámster anularon su regreso a Chile. Desde entonces, Tzyepa obtuvo la residencia definitiva en nuestro hogar en calidad de refugiado (aunque cada tanto el ga...

¡Nefas!

¡Por fin en Chile! ¡Costó, pero llegó! Con alegría les comparto que desde el viernes 25/04/2025 la novela “Historias de la vida en Nefas” se halla disponible en la librería CLC ubicada en Amunátegui 57, Santiago centro. (Siguen, por cierto, disponibles los canales de distribución online).

... en memoria...

Marcelo Alfonso, hijo de Juan Bautista Prado e Irene Salazar, nació en Coronel el 1° de septiembre de 1975. Desde entonces la muerte lo buscó con tenacidad. Le mostró los colmillos cuando apenas era un bebé. Al saberse burlada por la vida, se juró a sí misma venir por él cada año. Hoy, a poco de llegar casi al medio siglo de existencia, agotada de perseguirlo, la muerte siente ganas de renunciar. Se avergüenza de haber requerido tanto tiempo para cazar a una de sus presas más codiciadas. Sólo una vez antes había sido vencida de forma total. Ocurrió un domingo por la mañana en la Palestina del siglo primero cuando el carpintero de Nazaret, acatando la voz de Dios, se levantó del sepulcro y dejó la tumba vacía. Todo indica que ese fue el mismo Dios que le ordenó a Marcelo: “¡Vivirás!” Si sumáramos la cantidad de días que Prado Salazar vivió (literal: vivió) en los hospitales, el resultado sería superior al número de páginas del Quijote. Los heraldos negros se presentaban en la puerta de ...

... hasta aquí, nomás...

Damas y caballeros,  hoy se baja el telón de estos "Cuentos sin gloria". Tal cual. Es hora de cerrar el boliche.  Vayan, pues, mis primeras palabras para agradecer a quienes durante estos dos años (y unos pocos días) hicieron gala de gran paciencia al recibir y leer estas pequeñas historias tan ordinarias como la vida misma. Este blog fue mi escuela (diminuta e imperfecta, pero mi escuela). Aquí me equivoqué muchas veces y en algunas oportunidades, acerté. Sin ustedes esto habría sido algo desabrido. Fueron sus reacciones (pacíficas, furiosas, amables, enérgicas a ratos, mas nunca violentas) las que me alentaron y corrigieron. Desde los honestos e insobornables consejos de mi amada esposa (Franz, ¡¿pero qué cosa es esto?!) hasta los interesados comentarios de un estudiante desesperado por aprobar un curso (¡maravilloso, profesor!), todo fue bueno en su tiempo. Ya lo dijo miles de años atrás el sabio autor del Eclesiastés, "no hay fin de escribir muchos libros". Sí, ...

Adiós (¿o Dios?)

“¿Supiste? ¡Echaron a Galleguillos!”, fue la noticia de la mañana. Me dolió. ¡Y encima en las vísperas de la navidad! La crueldad del calendario no daba tregua: navidad era el peor de los momentos para tragarse una noticia lapidaria, una que golpeaba a toda una familia. Galleguillos siempre me había parecido un hombre bueno. Por él conocí a su mujer y sus tres niños. Les visité varias veces en su departamento del centro de la ciudad. Me impresionaron como una familia hermosa: desordenados, divertidos, llenos de vida. Pero la gerencia no evaluó su calidad moral sino los resultados de Galleguillos en el mercado. La evidencia era indisputable: nuestro local iba a la baja en todos los índices sobre calidad, cobertura y margen de ganancias. Ni modo. “Las matemáticas dicen la verdad, así que guarde esas lágrimas para cuando mejor las necesite”, me dijo el presidente del directorio cuando me vio entristecido por la partida de Galleguillos. Y acotó: “Pese a todo, ¿sabe qué?, hemos decidido hac...

Pedo

“Aquí algo huele mal, muy mal” - dijo Alfredo aquella noche del último debate previo a las elecciones universitarias de segunda vuelta. “Compañeros, pese a todo, seguiremos soñando. Sí, hoy soplan buenos vientos para el Pedo” - fue lo más que pudo acotar antes que el salón irrumpiera en cataratas de pedorretas (se llamaban así los gritos de guerra del Pedo: “¡Con el Pedo yo sí puedo!”, o ese otro, “¡Con el Pedo sí me atrevo!”). Y es que el Pedo era la sensación del momento. El nombre de la agrupación surgió de forma espontánea cuando Alfredo, el mismo autor del credo del Pedo, una vez afirmó que su máxima aspiración era formar un partido estudiantil democráticamente orientado . “Oye, Alfredo - le preguntó contento Sigifredo- “¿lo notaste? ¿Te diste cuenta de lo que acabas de hacer?” “¿Qué sucede, Sigifredo? No comprendo” - contestó Alfredo con modestia. “Es que sin querer acaban de surgir de tu boca las iniciales perfectas para nuestro movimiento: P-E-D-O", celebró Sigifredo con z...