Hoy por la mañana llegué al centro de Santiago premunido de mi gran paragua (lejos, el mejor quitasol de verano). Contento de mi prudencia, subí a la oficina (hasta con ganas de trabajar). Al momento del almuerzo, miré por la ventana. No llovía. Me pregunté si el agua se largaría de un segundo a otro. En un acto de sagacidad propio de mi indómita juventud, aposté que no. Salí a buscar mi boliche de siempre, contento. Me senté en una mesa, hice el pedido y empecé a leer el libro que siempre trafico debajo de la axila. Me tomé el consomé mirando por la ventana del local: nada de lluvia. Sonreí al aire sintiéndome un ganador. Seguí con mi ensalada surtida y luego con mi ají de gallina. Del agua, nada de nada. Contento pedí el café de cortesía (pequeño, fuerte y sin azúcar). Al instante de pagar la cuenta el cielo se rasgó en dos. Las lluvias cayeron con furia y sin respeto. Poco les importó a las nubes negras que mi libro versara sobre el pensamiento de John Locke. Ahora, de regreso en la...
Era su primera vez en la Corte Suprema. Las veces que había venido antes a Santiago jamás pensó siquiera en visitar el Palacio de Tribunales. Su terruño siempre fueron los campos del sur: el verde del pasto, el canto del gallo y la leche fresca de vaca recién ordeñada. Cuando en la cátedra de Derecho Procesal el profesor hablaba del máximo tribunal chileno, él lo imaginaba como algo parecido al Castillo de Grayskull, de la serie He-Man que veía de chico. Un día decidió darse un golpe de realidad. Ver para creer. Buscó en la web todo registro fotográfico que sacara a relucir la arquitectura del edificio que albergaba a la altísima jurisdicción. Será curiosa la vida: lo que más llamó su atención fueron las piscinas de agua -eso le parecieron- que engalanaban el frontis de la más alta magistratura nacional. Aquello despertó en él una profunda comprensión acuática del fenómeno jurídico. Las fuentes del derecho y las lagunas de ley fueron conceptos que su mojada imaginación asociaba con el ...