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Tzyepa

Tzyepa era un hámster. Llegó a nuestra casa cuando la familia de sus dueños, unos rusos residentes en Chile, volvió a su tierra natal. Se suponía, eso sí, que un día regresarían por él. Así, en rigor, el diminuto roedor era sólo un allegado entre nosotros, una visita (a lo más, un pensionista, igual a ese joven sureño que se viene a Santiago a cursar la universidad). De inmediato Tzyepa tuvo que aprender a vivir entre un gato viejo y una perra cachorra. El felino siempre miró al ratón con gula, mientras que la cachorra se entregó a él sin pensarlo (y sin darse cuenta de las diferencias que los distanciaban). El pequeño peludo supo burlar al gato, y corresponder el cariño de la perra (ella lo lamía tras las rejas, él le masajeaba el lomo con sus minúsculas patas). Al tiempo, estalló la guerra entre Rusia y Ucrania, y los dueños del hámster anularon su regreso a Chile. Desde entonces, Tzyepa obtuvo la residencia definitiva en nuestro hogar en calidad de refugiado (aunque cada tanto el gato lo hacía sentir un expatriado). La vida del roedor no fue fácil: un día comenzó a crecer dentro de él un tumor que, con rapidez, aumentó su volumen hasta volverse una bola perceptible a simple vista. Ni modo: biopsias, exámenes, anestesia, pabellón y cirugía. Las horas de su operación nos tuvieron en vilo: ignorábamos si un ser tan pequeño sería capaz de zafar de tan grandes golpes existenciales. Y así no más, el Creador le devolvió la salud y otra vez regresó a su jaula a correr, comer, dormir, ser lamido por la perra, masajear a su amiga, jugar al gato y al ratón, y hacernos reír con sus contorsiones y números circenses. Mi hija menor lo sacaba de la jaula y lo llevaba a su habitación. Tzyepa nunca aprovechó su libertad ambulatoria para huir cual prófugo de la justicia. Al contrario, fue para mi niña un leal compañero: dormía con ella, se dejaba acariciar y se escondía dentro de sus ropas. Sus ojos, brillantes y alegres, denotaban que en poco espacio y bajo su abrigo de piel había un universo en expansión, un corazón que latía de puro contento. Su última semana fue, por lejos, la más intensa. Fue como si se empeñara en darlo todo, en sudar hasta la última gota, en apostar todas sus fichas sin guardarse ninguna. Corrió, saltó, fue lamido, hizo sus últimos masajes, perdonó al gato que siempre lo quiso entre sus dientes y, una mañana, nos dijo adiós. Dejó su cuerpecito al pie de la puerta de su jaula, y con eso nos evitó el engaño de que sólo se estaba escondiendo. Mi chica pequeña talló en madera un dibujo en su honor y partió con su madre a darle sepultura en el campo. Hoy, al recordar a este personaje, agradezco su vida y alabo al Dios que lo creó tal como fue: apasionado, juguetón e inteligente.   

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