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Dicha

Mardoqueo centra su atención en lo que tiene frente a sí. Toma nota de todo cuanto transcurre a su alrededor. Escribe con fruición. Pasa de una página a otra en su libreta con la agilidad de un atleta olímpico en una carrera con vallas. Lo que no observa a la redonda, lo extrae de su memoria. El baúl de sus recuerdos está repleto: la sala cuna, la cuadra del bloque, el liceo del barrio y su primer (y único) año de universidad. Lo que no se encuentra retenido entre los archivos de su pasado, lo infiere: comienza a reflexionar y sacar conclusiones. La gente que pasa por su lado lo ve tan concentrado y alegre en lo suyo que hasta siente envidia de él. ¿De qué escribe? ¿A quién le escribe? Sólo toca especular. El lustrabotas, sentado a ras de suelo, lo tiene claro: “ese hombre está enamorado”. El quiosquero, desde su minúscula ventana, lo observa y piensa: “estará redactando su renuncia al trabajo”. La gitana de la esquina cavila: “de seguro se le aclaró su futuro”. Y el perro negro que se rasca sus pulgas con frecuencia da tres giros en torno a su eje para seguir durmiendo a los pies de Mardoqueo. Pasada una hora de escritura (placentera, furiosa) se levanta de su asiento. Estira sus brazos al máximo como quien se despereza por las mañanas. Con las palmas abiertas de sus manos se limpia el trasero de lo que haya podido pegársele en esa banqueta callejera. Y con su libreta bajo el brazo, echa a caminar con calma sin saber a dónde va. A su paso, los transeúntes lo contemplan con reverencia. Piensan todos: he ahí un hombre pleno, realizado, feliz.

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