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Partida (2)

Está borracho. Igual que ayer. Comenzó a beber siendo joven. Hoy sobrepasa los setenta y lo sigue haciendo. No puede detenerse. Aun así, me insiste para que acepte su invitación. Trae bajo el brazo su tablero y, dentro de una bolsa de tela, sus piezas de madera de gran tamaño. Recuerdo aquellos dameros minúsculos que usaban mis compañeros del colegio para jugar en los recreos. ¡Incomparable! En esta partida se aprecian peones del tamaño de los meñiques de mis manos, reinas de la altura de mis índices y reyes que sobrepasan la longitud de mis dedos cordiales. Juzgo a simple vista y canto victoria: nada más fácil que tomar ventajas sobre quien tiene la conciencia intoxicada. Me siento ganador. Pero el hombre aquel sabe lo que hace: el vodka que inunda su cerebro no le impide desplazarse por el campo y comerse mis jugadores respetando las reglas. No puedo imputarle manejo en estado de ebriedad ni conducción bajo los efectos del alcohol. Aquí, ebrios y sobrios pesan lo mismo. Él no comprende mi español, mas se las ingenia para que le traduzcan el verbo думать (dúmatye). El ruso éste aprende rápido mi lengua y, contento, me grita a la cara: “¡piensa!”. Mientras afuera, y pese a que el sol brilla desde hace rato, el gallo de la casa sigue cantando (¿será que el ave imita la intemperancia de su amo?), aquí adentro mi rey negro recibe su segunda amenaza directa, “¡jaque!”. Escucho el aviso con vergüenza y le regalo un nuevo respiro a mi asustado monarca. Mi contrincante razona y mueve sus fichas muy deprisa: no me deja tiempo siquiera para celebrar el funeral de mi reina. De nuevo me grita (y en español) “¡piensa!” ¿Que piense qué? ¿Que estoy perdido, que la vida no es chacota, que me toca pagar el precio de mis decisiones? Desde su embriaguez cotidiana, mi amigo porfía que espera más de mí. Me hace saber que lo estoy desilusionando. En breves instantes lo oiré exclamar en su acento natal: “¡mate!” Esa noche me voy a dormir con la mente despejada (ciudadano ejemplar, hombre probo, buen padre de familia), pero atolondrado por la masacre. A la mañana siguiente, en la cocina, me preparo un café de grano extrafuerte. Estoy por llevármelo a la boca para tomar el primer sorbo cuando en eso entra el dueño de casa. Todavía expele su tufo. Se tambalea, me mira con sus ojos rojos y lanza molesto un breve discurso que luego alguien me traducirá: “El abuelo te advierte que el café es malo para la salud”. 

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