Vieja,
recuerdo cuándo y cómo te conocí. Fue por allá abajo, en lo profundo de la
tierra. Estábamos encerrados en una caja metálica movediza. Se había recalentado
el aire y me costaba un poco respirar. Entre todos los cautivos, tú eras la
única diferente. El resto hacía lo mismo. Cabezas agachadas, miradas apagadas.
Tú, no: fuiste distinta. Erguida de cuello y, con ojos vivos, observabas a tu
alrededor. Nuestra vista coincidió. Ni tú ni yo la bajamos. Un segundo, dos
segundos, cuatro segundos, ocho segundos y así, de forma exponencial, nos
observamos. Nos dio risa. Entonces me atreví. Levanté mis carnes gastadas y
llegué a tu lado. “Hola, soy José”, dije con timidez, pero directo. “Hola, soy
Patricia”, respondiste, desinhibida. “Tengo 75 años, soy viudo y no entiendo de
teléfonos celulares”, proseguí, desafiando al destino. “Yo tengo 70, me separé
ni recuerdo cuándo, y cada día abordo este vagón preguntándome qué pasará”, fue
tu honesta declaración. Salimos del metro tomados de la mano. Caminamos largas
cuadras en silencio. Antes de entrar a un café me advertiste que comprarías el
diario del día para completar el crucigrama. La mañana se nos fue buscando
palabras de tres, seis y nueve letras. En una de esas exclamé jubiloso: “¡i-m-p-r-e-v-i-s-t-o!”.
Me miraste muy seria. “A ver, déjame contar: uno, dos, cuatro, siete, diez. ¡Sí, me sirve!”,
estallaste alegre. “Eso era lo que me faltaba. Me gustas, viejo”.
Historias corrientes que pueden estar sucediendo en este preciso momento en cualquier lugar del mundo.
Que lindo. La vida nos sorprende con nuevas oportunidades.
ResponderBorrarQué esperanzador...
ResponderBorrarBello...
That is the beginning of a beautiful relationship!
ResponderBorrarDavid de Temuco???
BorrarHermoso; me da mucha esperanza de no quedarme sola
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