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Entradas

Desilusión

La niña está chocha. Después de largas horas de estudio sale radiante de su habitación como fugitiva que escapa de la prisión. Corre alegre por el pasillo con un libro cerrado en sus manos. Va gritando a más no poder: “¡por fin terminé con historia!” Pero poco le dura el festín. Su abuelo la oye, se le acerca y al oído le dice: “Cariño, te equivocas: la historia continúa”. 

El perrito de la dama

De seguro usted me conoce por aquella historia rusa. Sí, la misma con la que Antón Chejov jugó con mis sentimientos. Tal cual. Él intituló su obra “La dama del perrito” y al final resultó ser sólo una publicidad engañosa: los focos se pusieron sobre ella -la dama- y a mí me dejaron, como siempre, sometido a los pies de mi dueña. Encima, nunca me gustó que el autor me llamara con un diminutivo: “perrito”. ¡Habrase visto! Ser perro es mi esencia; el tamaño no importa. Pero a Chejov ya lo he perdonado. De veras que no le guardo rencor. Ahora estoy viejo y sé que pronto habré de partir. Por eso, antes de morir, además de estar en paz con todos, me urge también contar lo que en realidad sucedió aquel verano en Yalta. Seré subjetivo y parcial. No pretendo ser un testigo aséptico de los hechos. Vea usted: mi dueña era una mujer atractiva y desde que me adoptó como su mascota pude percibir cómo los hombres, aun sabiendo que en uno de sus finos dedos lucía un pacto de matrimonio, buscaban seduc...

Reptil

Soy un lagarto. ¿Mi nombre? No tiene importancia. Aquí el protagonista es otro. Nací en estas arenas -ardientes por el sol- un día que sólo mis padres recuerdan. Sus patas y las de mis ancestros han recorrido estas tierras secas y sin gloria. Y lo mismo hacen ahora mis hijos, y mañana mis nietos. Estos rincones del universo son testigos diarios del vacío y el silencio. Pero ahora que usted me lo pregunta, sí, una vez, ocurrió algo insólito. Sublime, si me lo permite. Mire, él no era el primer humano que yo había visto. En su cara no advertí nada especial. Al comienzo me impresionó como un hombre sin atractivo para ser deseado. Pasaron los días y él seguía dando vueltas por aquí: uno, tres, nueve, quince y así siguió hasta cumplir cuarenta. ¿Que cómo es que lo sé? Porque los conté uno por uno con paciencia de lagarto. Retengo todavía algunas de las palabras que él escribía en la arena. Entre dibujos y rayones distinguí cosas alusivas a un reino. Sí, una vez pasó muy cerca de mí, al punt...

Responsabilidad

Éramos primerizos, pero no por eso íbamos a rendirnos. Nuestra escuela fueron tres películas en blanco y negro y un par de novelas prestadas que nunca devolvimos. Apenas salí de la joyería con el botín en las manos comprendí que algo andaba mal. “¡Súbete!, ¡cambio de planes!”, gritaste con elegancia sin perder el control del volante. Y allí estábamos: dos novatos en el crimen desorganizado a bordo de una recién robada carroza fúnebre. De pronto por el retrovisor me percaté de una larga fila de automóviles que nos seguían fuera donde fuéramos. “¡Sí, amor, es el cortejo! ¡Pero mantén la calma: ya verás como los pierdo!”, decías otra vez, con la izquierda en el volante y la diestra sobre la palanca de cambios. Pisaste el acelerador a fondo y la aguja del tablero llegó a marcar 150. ¡Habrase visto cómo corría esa hilera de automóviles tratando de perseguir al finado! Pensé que el muerto que trasportábamos tuvo que ser en vida alguien muy importante porque hasta una patrulla de carabineros ...

Lienzos

Kan Hu Tho no era chino, coreano ni japonés. Lejos de eso, era un chilenito picarón. Un día optó por ir a probar suerte a Laicolandia. Pretendía allá dialogar con alguien sobre el origen del universo. Apenas llegó sufrió una desilusión. Nadie le siguió la corriente y lo dejaron hablando solo. En rebeldía optó por vestirse con un traje de camuflaje y salir por las noches a colgar lienzos en distintos puntos de la ciudad. Su mensaje subversivo era, a la letra, בראשית 1:1. Sus letreros duraban pocas horas. Al amanecer la policía municipal los hacía desaparecer. Pero él no se rendía. Reincidía en su conducta. Pese al tenaz esfuerzo de las autoridades por erradicar tan peculiares avisos, hubo quienes, con los primeros rayos de luz solar, los alcanzaron a leer. A esos se les abrió la curiosidad por saber más. Investigaron. Y entonces comenzaron a suceder ciertas cosas que aun hoy son materia de sendos sumarios administrativos y penales. La evidencia recopilada hasta aquí da cuenta de que aqu...

¡Oh!

Pablo, por primera vez, se instala en la esquina de Colón con Vespucio. Allí estrenará sus malabares. Se ha preparado con fuego y parafina para encandilar al público encendiendo sus clavas multicolores. Pese al frío santiaguino está dispuesto a lucir una polera sin mangas para mostrar sus brazos musculosos. Andrés debutará esta misma tarde como bombero en la gasolinera ubicada en Colón con Vespucio. Para causar una buena impresión en los supervisores está dispuesto a sonreírles a todos, incluyendo a esos clientes que se larguen sin darle siquiera las gracias por haberles limpiado los vidrios con tanto esmero. Plumilla es un pichón al que hoy su madre gorriona está dispuesta a enseñarle a volar. Con esfuerzo ella ha construido su nido en las alturas de una acacia plantada en la intersección de Colón con Vespucio y ha cuidado cada detalle para que por fin Plumilla abra sus alas y se eleve por los aires. Pablo la está rompiendo en la esquina con sus clavas ardientes. Los automovilis...

Benjamín (niños, último capítulo).

                 “¡Superman!”, gritó Pedro. “¡Bati-chica!”, exclamó Denisse con más fuerza. “No, por favor, ustedes sí que no saben nada: ¡Batman, Batman y mil veces Batman!”, exigía Marcelo alzando los brazos. “Ninguno de ellos tiene estilo: Aquaman, sí. ¡Aquaman y sólo Aquaman!”, pretendía imponerse Fernanda por sobre sus compañeros de curso. En eso, y justo cuando se produjo un insólito silencio, Benjamín tomó la palabra y venciendo su timidez habitual se atrevió a decir: “Quiero presentarles a un héroe que ustedes no conocen. No hay ningún cómic sobre sus aventuras. Y como los estudios Marvel todavía no saben de su existencia, no lo han llevado al cine en una de esas películas repletas de efectos especiales”. Cuando afirmó esto último, los compañeros de Benjamín lo quedaron mirando directo a los ojos y formaron un círculo a su alrededor. Él tragó saliva, pero lo dicho ya estaba dicho. Los había provocado. “Y ese héroe tuyo, sin...

Danilo (niños, cuento cinco)

“¿Para qué me sirve la matemática, Fabiola?”, se lamentaba Danilo. “Hay que ser bien amargado para encontrarle belleza a las ecuaciones y a toda esa mezcla rara de números con letras que sólo existe para hacernos infelices”, seguía quejándose ante Fabiola, su amiga de tres cursos superiores y, por lejos, la persona que le tenía más paciencia en todo el colegio. “Déjame ver tus respuestas, por favor”, le pidió la chica. “¡No!, ¿qué quieres demostrar? ¿Qué soy un cero a la izquierda?”, respondió Danilo con su orgullo herido y sin darse cuenta de que había usado un dicho popular que sólo tiene sentido si algo se entiende de matemáticas. “Está bien, está bien, como quieras”, replicó su amiga. Y agregó: “Veo que hoy no estás de ánimo para conversar. Quizás mañana, con aire fresco, me dejes siquiera intentar ayudarte. Nada más déjame decirte que los números son valiosos para comprender la naturaleza, los avances informáticos y, además, nos libran de caer en engaños”. Los chicos bajaron...

LDO

Leopoldo conoció a Nibaldo el mismo día cuando Archibaldo y Arnoldo se hicieron amigos. Nibaldo era yunta de Archibaldo, de modo que al poco rato Leopoldo también lo era de Arnoldo. Días después se les sumó Aldo, pero a éste le costó más ingresar al grupo. Le cuestionaron lo breve de su nombre, como que a éste algo le faltaba. Pero al final, como igual terminaba con las tres últimas letras de los demás, entró. Los cinco chiquillos eran unos pícaros. En sus clases de literatura escribían composiciones sobre profesores raptados por marcianos y sometidos a duros apremios más allá del sol (Leopoldo y Nibaldo). En artes, pintaban cuadros sobre inodoros que estallaban con violencia justo para el examen de matemáticas, forzando a todos a evacuar al colegio en medio de litros y kilos de desechos humanos (Archibaldo y Arnoldo). Y el profesor de deportes jamás olvidará el día cuando los llevó a trotar cerca de las faldas del cerro y no supo más de Aldo hasta que por la noche, el veloz corredor, ...

Carolina (niños, cuento cuatro).

Carolina despertó sintiéndose mal. Había pasado una mala noche y no logró descansar. Ahora apenas le alcanzaban las fuerzas para llegar al baño. En eso, su mamá entró a su habitación. No necesitó preguntarle nada para darse cuenta de que su hija mostraba síntomas de una evidente enfermedad. En cuestión de pocas horas la salud de Carolina empeoró bastante. Se equivocaron sus padres al pensar que esto sería algo pasajero. No había tiempo para detenerse a observar y luego a esperar cómo evolucionaría su hija. Por los quejidos de su niña tuvieron que actuar en ese preciso instante. Decidieron entonces partir de urgencia al hospital. De camino, Carolina se agravó. Vomitó dentro del carro, estaba afiebrada, su piel iba tomando un color amarillento y su cara comenzó a hincharse. Nomás la vieron ingresar al recinto asistencial, la derivaron de inmediato a sala de emergencias. Allá verificaron sus signos vitales y de prisa le tomaron algunas muestras para examinarlas. A las horas se l...

Vaivenes

Corría el 1999. Pasaba mucho tiempo en la calle. Caminaba largas cuadras tarareando la canción de Barticciotto “Ya nada es importante”. Me sentía un ganador: había sorteado mi examen de derecho penal en la temporada extraordinaria de repetición. La verdad es que en mi primer intento estuve algo confundido (“A ver, Riquelme, dígame, ¿dónde está el dolo: en el tipo o en la culpabilidad?”, “En el tipo, pues, profesor”, “Muy bien, Riquelme. Explíqueme eso”, “Bueno, profesor, basta verle los ojos al tipo para darse cuenta de que es un pato malo”, “Suficiente, Riquelme, retírese”). Pese a todo el futuro esplendor estaba a la vuelta de la esquina: unos giros más a las manecillas del reloj y entraríamos al 2000. Hasta mi abuelita me trataba mejor que antes. Para ella ya no era un perejil sin hoja. Me notaba más profundo en mis ideas y maduro en mi carácter. “¿Cómo encontrarle una pestaña a lo que nunca tuvo ojos?”, fue la frase que me escuchó decir en un almuerzo de domingo y así, para ella, e...

Lucho (niños, cuento tres)

Lucho no llegó al entrenamiento de fútbol. “¡Qué raro!”, comentó José, el joven profesor de educación física que apostaba por llevar a sus pupilos por primera vez a un torneo inter-escolar. “Me consta -siguió diciendo- que su interés de ser parte de este glorioso equipo es genuino. Además, ese chico tiene una magia en los pies que hará que muy pronto vengan a verlo jugar algunos de esos buscadores de talentos que ofrecen sueldos millonarios”. Los chiquillos del equipo se rieron al advertir que José volvía a exagerar las cosas. Y es que habían aprendido a conocerlo: él disfrutaba hablarles así para animarlos, para abrirles el hambre de gloria, aunque todos sabían que formaban parte del equipo con peores resultados de la liga escolar y jamás (¡ni siquiera en sueños!) habían llegado a pisar el césped de una cancha para disputar algún torneo importante. “Bueno. El que sepa algo de Lucho, por favor, me avisa de inmediato”, concluyó el entrenador. “Y ahora, todos a sus puestos. Vamos a...

Abogados

Arturo Prat Chacón fue abogado. Cada 21 de mayo en Chile, por él y en su honor se piensa -además del mar- en la abogacía como profesión. La muerte de Prat tiñe -sin quererlo- su condición de jurista de un dramatismo o sentido de la fatalidad que coincide con varios personajes de la literatura que, siendo estos estudiantes de derecho, o bien, abogados de profesión, vivieron vidas marcadas por la desgracia. He aquí algunos infelices ejemplos. En “Niebla”, de Miguel de Unamuno, se presenta a Augusto Pérez, un licenciado en derecho que vive atormentado por las dudas y los desamores desde que amanece hasta cuando se acuesta. Luego, Franz Kafka, abogado y doctor en derecho, regala en sus cuentos las mil razones para descreer de la ley y la justicia, al punto que la mejor moraleja kafkiana sería que uno se mantuviera siempre al margen del conflicto jurídico pues el litigio degenera en una absurda experiencia límite para quien la sufre. Por su lado, Roberto Bolaño en sus “Detectives salvajes” ...

Annette (niños, cuento dos)

“Es extraña” (piensa Patricio). “Su piel no es como la mía” (rumea en silencio Macarena). “Su acento es incomprensible” (dice Rodrigo para sus adentros). “Su atención, por favor, ¡silencio! ¡S-I-L-E-N-C-I-O!”, dijo la profesora en voz alta y con firmeza. El curso se aquietó. “Ella es Annette -continuó la maestra- y desde hoy será su nueva compañera. Tiene diez años, como casi todos ustedes. Junto a su familia llevan poco tiempo aquí en nuestro país. Por favor, háganla sentir en casa. Y téngale paciencia, ya verán que muy pronto podrá comunicarse con nosotros en español. Y bien, ¿dónde quieres sentarte, Annette?” Los estudiantes guardaban un silencio de funeral. Nadie hizo el mínimo gesto para compartir su banco de escuela con la chica recién llegada. Los segundos comenzaron a pasar y no había una sola mano levantada para indicar “aquí, profesora, que venga conmigo”. La maestra decidió romper el hielo dando una instrucción clara: “Macarena, ten a bien hacer un espacio para que Ann...

Flor (niños, cuento uno).

“¡Ay, no! ¡Lo único que me faltaba!”, se quejó Flor con voz de angustia cuando se cortó la luz en la casa de campo. “¡Este es el peor día de mi vida! ¿Por qué tuve que aceptar la invitación de mis abuelos?”, seguía lamentándose. Y es que la pobre, a sus once años, se sentía como la niña más desdichada del universo. Se suponía que las vacaciones de verano tenían que ser un tiempo de alegría, pero aquí estaba ella, en una casa de madera, enorme, con varias habitaciones, que pudiendo ser perfecta se hallaba - ¡para su desgracia! - demasiado lejos de la ciudad, al punto que no llegaba la internet y, con eso, su nuevo teléfono inteligente, ese que sus padres le regalaron la última navidad, no servía para nada. “¿Qué voy a hacer ahora sin mis juegos, mis videos ni los chats con mis amigas?”, decía con capricho y un par de lágrimas en los ojos. “Calma, mi pequeña, calma”, dijo su abuelo entrando donde ella estaba y llevando consigo una vela en la mano para alumbrar en la oscuridad. “Ven c...