“¡Ay, no! ¡Lo único que me faltaba!”, se quejó Flor con voz de angustia cuando se cortó la luz en la casa de campo. “¡Este es el peor día de mi vida! ¿Por qué tuve que aceptar la invitación de mis abuelos?”, seguía lamentándose. Y es que la pobre, a sus once años, se sentía como la niña más desdichada del universo. Se suponía que las vacaciones de verano tenían que ser un tiempo de alegría, pero aquí estaba ella, en una casa de madera, enorme, con varias habitaciones, que pudiendo ser perfecta se hallaba - ¡para su desgracia! - demasiado lejos de la ciudad, al punto que no llegaba la internet y, con eso, su nuevo teléfono inteligente, ese que sus padres le regalaron la última navidad, no servía para nada. “¿Qué voy a hacer ahora sin mis juegos, mis videos ni los chats con mis amigas?”, decía con capricho y un par de lágrimas en los ojos. “Calma, mi pequeña, calma”, dijo su abuelo entrando donde ella estaba y llevando consigo una vela en la mano para alumbrar en la oscuridad. “Ven c...