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Partida

Mi suegra me invitó a jugar ajedrez. Ella no habla una palabra de mi lengua natal y yo de su idioma, dos o tres frases. En los tiempos de sobremesa, cuando sólo quedamos los dos, permanecemos en silencio. A veces cruzamos algunas sonrisas, pero lo habitual es que entre nosotros circule el viento. Para esta partida ella encontró un tablero de madera. Me explica -traducción de por medio- que fue de su padre. Que de joven él ganó un torneo y lo recibió como premio. Mmm… eso me intimida: es como si me advirtiera que por sus venas corre la misma sangre de ese campeón. Hacemos el sorteo de los colores de las piezas. Gana ella y comienza. Persigue a mis peones, ataca mis caballos, secuestra mis alfiles y derrumba mis torres. Mi esperanza se evapora igual que todo bajo el sol estival de Volgogrado. Miro sus manos. Son dos álbumes de fotografías: en las arrugas de sus dedos se registran su viudez, el hijo que perdió y los años que cuidó a su madre hasta el día de su muerte. “¿Y tú qué sabes de ...

Peralta

“Está fuera de riesgo vital”, se informó en el último reporte médico. Peralta volvía a zafar de las garras de la muerte. Y así pasaron sus días, semanas y meses internado en el hospital institucional. Operaciones, tratamientos y rehabilitación. No faltaron los consejos de su madre (“enfermo que come no muere, hijo mío”), el afecto de sus colegas (“eres un gato de siete vidas que siempre cae parado”) y el aliento de su jefatura (“Peralta, usted sabe, la mala hierba nunca muere. Cuídese mucho. Lo esperamos a su regreso”). Cuando se sintió con fuerzas en sus manos se animó a leer. Y no lo habría hecho si no fuera por la visita de su colega Rodríguez, a quien él insistía en amar en secreto y desde el anonimato. Una mañana ella fue a verlo por sorpresa y le contagió un poco de su pasión por la tinta escrita con gracia sobre el papel. Descontando la lectura de los manuales técnicos, informes, dictámenes, memos, partes e instrucciones, Peralta se había alejado de los libros cuando salió del c...

¡Casi!

Peralta estaba siendo vencido por el sueño. Llevaba un par de horas encerrado en la cabina del vehículo institucional. Se le estaban comenzando a enfriar los dedos de los pies cuando, por fin, sintió que ahora sí despertaba. Llegó hasta ese lugar movido sólo por una corazonada. No tenía evidencia directa que confirmara sus intuiciones. Hasta hoy, no ha logrado convencer a nadie. Horas antes, el juez de garantía se negó a emitir la orden de entrada y registro que Peralta pretendía conseguir a través del fiscal. Pese a todo, algo le decía que esta larga espera no sería en vano. Su olfato callejero lo llevaba a insistir cerrando ese círculo. El agresor tenía que ser alguien cercano a la última de las víctimas. Recordó, además, su más terca convicción policial: no existe el crimen perfecto. Y volvió a pensar en la descripción ofrecida por esa única chica que logró escapar: “era un hombre bien gordo, con una pelada como de cura franciscano y con las dos manos tatuadas como si tuviera la pie...

Pichón

Cayó de bien alto. Su nido se hallaba sobre el techo del quinto y último piso del edificio. Sus alas no se desplegaron. Su instinto de supervivencia fue insuficiente. ¿Dónde estaba mamá? El golpe fue certero. No rebotó al estrellarse contra el cemento del paseo peatonal. Quedó volteado sobre su columna, mirando hacia el cielo. Fue notorio el sonido que produjo cuando su cuerpo absorbió el impacto. Al instante comenzó a abrir su pequeño pico. Los suyos fueron gritos mudos. A los segundos, sus ojos se cerraron. Allá por lo alto volaban decenas de golondrinas. Aquí abajo, a ras de suelo, varias palomas estacionadas fueron testigos de la caída. Los transeúntes advierten la presencia del diminuto cadáver y se cuidan de no pisarlo. Un grupo de niños se detiene a mirarlo. Una señorita se agacha y se pregunta con su teléfono en la mano si tiene sentido intentar algo. Son recién las ocho de la mañana y en Volgogrado el sol del verano se halla encendido por sobre los treinta grados. Todo es luz ...

¡Alta!

Llegó el día cuando al paciente de la 3.16 le dieron el alta. Una enfermera entró a la habitación común y le dijo: “Vamos”. Él se levantó de la cama y le fue siguiendo las pisadas. Ella consideró que bajar por las escaleras sería mejor que hacerlo por el ascensor (prueba de fuego para él). En los pasillos se fue topando con otras enfermeras y auxiliares: todas ellas vestidas como cosmonautas, dejando ver sólo sus ojos detrás de aquellas antiparras sin pretensiones estéticas. Tras cada paso de sus pies, el sujeto se goza como uno que sabe que no hay botín de guerra más preciado que la propia vida. ¿Para qué buscar grandes cosas en momentos cuando la humanidad entera aún se debate con un mal extraño? En pocos minutos estará de nuevo en la calle. Aturdido, pero agradecido, respira y su conciencia le susurra que estar vivo es un milagro. ¿Qué te llevas en la memoria, sujeto? ¿La cara del viejo afiebrado que se agitaba en la cama del lado? ¿Los ojos locos del paciente que recorría los pasil...

Covid

"¿Es usted el escritor?", me pregunta, seco. "El aprendiz", le respondo y cuando lo veo molestarse debo pedirle que por favor no se vaya. "Dígame, ¿dónde y cuándo se le ocurrió contagiarse? ¿Acaso se creía el único ser inmune del planeta?", empieza dándome duro. "Mire, en verdad no sé qué contestarle", voy de vuelta. "¿Es usted ignorante o pajarón? No se me haga el ruso", me interroga como un policía. "Las dos cosas, pero aún así esta vez sí le digo la verdad". "Vamos -insiste él-, a este paso no terminaremos nunca. Y debo irme en cinco minutos. Apúrese. A ver, dígame, ¿qué pasó luego que le diagnosticaron lo que todo el mundo le había advertido que podía pasarle?". Silencio por tres segundos (al cuarto el individuo se para y se marcha). "Me hospitalizaron", afirmo. "Pero, ¿cómo? Sé que usted está fuera de su país, en una tierra donde es un perfecto analfabeto. ¿Qué hace, por ejemplo, para comunicarse ...

Postales (7)

Volgogrado arde de día y de noche. Es difícil conciliar el sueño en una habitación saturada del calor veraniego. Hay quienes imaginan que esta ciudad es un templo de hielo. Y, sí, eso alguna vez fue verdad: las huestes hitlerianas que invadieron la ciudad (cuando ésta se llamaba Stalingrado) quedaron atrapadas en uno de los inviernos más fríos registrados en la historia. Pero fuera de ese golpe mortal al nazismo en suelo soviético, hay que saber que aquí el periodo estival calienta las calles, los cuerpos y los ánimos. Verano es verano y los rusos de esta zona no son esquimales ni en sus calles rondan los osos polares. Y esta noche es duro cerrar los ojos. Estoy boca arriba, mirando el techo, en una habitación oscura. El silencio es total y se oye con claridad lo que sucede en la calle. Me hallo cerca de la salida a un balcón y las puertas y ventanas están abiertas. Nada refresca. Espero la llegada de Morfeo enterándome de lo que sucede alrededor: un vecino regala su verborrea a viva v...

Postales (6)

Volgogrado parece una ciudad atrapada en el tiempo. Quien antes haya estado por aquí, digamos a modo de ejemplo, el año 2000, y tenga hoy la oportunidad de recorrer sus barrios periféricos, constatará que las cosas siguen estando tal como las dejó 21 años atrás. Una vez acabada la batalla de Stalingrado y reconstruida de nuevo desde cero, la ciudad quedó como petrificada en una fotografía color sepia. Fue necesario volver a poblar la tierra, quitar escombros y reedificar. Y así fue. En los años cincuenta se levantaron edificios que siguen hoy en pie: moles de cemento y fierro que todavía resisten con porfía. Han pasado decenas de inviernos nevados y veranos calurosos y, claro, las cosas se van desgastando. Se pueden hallar parques diminutos donde alguna vez los niños del barrio bajaron a jugar (columpios, refalines y subibajas). Hoy esos juegos son evidencias ante el tribunal de cronos: el metal está oxidado, la madera agrietada y la pintura descascarada. Creció la maleza y ésta, ladro...

Postales (5)

San Petersburgo y sus alrededores (Peterhof, islas Valaam) resultan inagotables. El forastero, siempre de tiempos limitados, tiene que conformarse con unas pocas escenas. Palacios antiguos, edificios coloridos y de poca altura, parques frondosos (Aleksandr Pushkin caminaba entre sus árboles y escribía bajo sus sombras), monasterios, cúpulas para ver la ciudad desde lo alto, y aguas de ríos y canales navegables que refrescan el calor de junio, son parte de lo que se puede llegar a conocer. No todo cabe en la memoria y gran parte de esta realidad rusa no logra ser captada por la mirada del observador. Al final de la jornada, con los pies hinchados y la piel caliente por el sol veraniego, el caminante sólo piensa en descansar. Agotado, pero agradecido por algunos destellos de belleza experimentados, anota entre sus apuntes estas tres estampas. Primero, una ardilla capaz de vencer el miedo a la mano humana y bajar de su árbol para recibir la avellana que le ofrece una niña colorina. El...

Anhelos

“¡Peralta! ¡Apúrate, hombre!” - gritó el comisario. “¡Encontramos el cadáver!” - siguió diciendo su jefe. El inspector entró a la oficina para recibir instrucciones de su superior. Se le encomendó revisar el sitio del suceso. “Toma, Peralta. Aquí tienes la autorización judicial para echar abajo la casa si fuera necesario. El fiscal espera tu informe para esta noche”. Y sin más, Peralta partió a eso del mediodía. Estaba acostumbrado a la calle y con éste, los muertos de la semana sumaban tres. Cuarenta minutos después ingresaba al domicilio donde fue hallada sin vida aquella mujer misteriosa. Las horas pasaban y el detective era meticuloso: tomaba nota de cuanto sirviera para verificar rastros de violencia. Nada. Todo se hallaba en orden. O era el crimen perfecto, o un suicidio ejecutado con limpieza, u otro caso para engrosar las cifras de la muerte natural. Al atardecer Peralta había descartado la acción de terceros y no había indicios de una autoaniquilación. Se disponía a salir de r...

Postales (4)

En San Petersburgo las noches veraniegas de junio son blancas. El cielo nocturno se niega a oscurecer. Es como si Dios hubiera olvidado apagar el interruptor de la luz. A minutos de la medianoche el tiempo parece detenido en las horas tempranas de la tarde, o bien, haberse saltado hasta el amanecer. Los relojes enloquecen. Cerca de las tres y media de la madrugada el sol sale a jugar. El astro se aburre en la cama y no está dispuesto a esperar que suene la alarma de su despertador. No quiere seguir oculto detrás de las sombras e irrumpe nomás con su claridad. Y lo mismo sucede con los habitantes de la ciudad. Los niños insisten en divertirse hasta tarde en vez de ponerse piyamas y lavarse los dientes. Los retos y advertencias de sus padres por hacerlos dormir son inútiles. Los vecinos permanecen en las plazoletas cercanas a sus edificios. Se quedan conversando sin apuro. El clima estival les regala el aguante necesario para gastar los minutos al aire libre sin enfriarse. Los enamorados...

Postales (3)

El metro de Moscú es una escuela. Cada viaje en el tren subterráneo equivale a una lección. No se trata de libros, pizarras ni cátedras. Es la vida ordinaria la que abre las puertas e invita sin costo a quien quiera aprender algo. He aquí cuatro escenas. Para ingresar al metro usted tiene que descender por escaleras electrónicas larguísimas (como un viaje al centro de la tierra). Así, el descenso aquieta su espíritu y depura su mente de la febril carrera por el pan cotidiano. Esa larga distancia recorrida hacia las entrañas del planeta es una antesala que lo fuerza a pensar y despierta su curiosidad por lo que vendrá. Luego, una vez llegado a la plataforma donde le tocará esperar hasta cuando pase su tren, nada más mantenga abiertos sus ojos para gozar de algunas bellezas artísticas. Tiene varias opciones para contemplar: murales pintados, mosaicos, arquitectura y escultura. Si bien muchas imágenes reproducen un mundo ideal que el socialismo soviético fue incapaz de construir, eso no l...

Postales (2)

Esta tarde no llueve en Moscú, pero él sabe que en cualquier momento esas nubes negras cumplirán su amenaza. Si fuera el caso, ni modo, a refugiarse bajo alguna techumbre. Son las reglas del juego: así ha sido, es y será el verano moscovita. Mas, mientras brille el sol, él cumplirá con elegancia su encargo. Viste para la ocasión un terno azul marino, calza zapatos negros y lleva un par de lentes oscuros que impiden ver el color de sus ojos claros. Es alto, rubio y delgado. Y su juventud explica la destreza al manejar su teléfono móvil sin dejar de caminar. Pero es leal a su misión y no se permitirá ser distraído por las redes sociales. Afronta su compromiso con honor y no le fallará a quienes confiaron en él para esta tarea. Se le encuentra justo al lado de la estación del metro Sebastopólzkaya. Su espacio son los pocos pasos que separan la pastelería de las escaleras que descienden al tren subterráneo. Y él, en ese mínimo radio de acción, como modelo sobre pasarela, despliega lo mejor...

Postales

A simple vista pareciera no ser rusa. En Moscú su pelo negro llama la atención entre los cientos de cabezas rubias que la rodean. Permanece de punto fijo vendiendo ramos de flores a los pies del ministerio de Relaciones Exteriores. Sus flores son iris de color morado. Las ofrece a los automovilistas que se hallan detenidos en esa esquina esperando el verde del semáforo para seguir corriendo por la ciudad. Lo frágil de esas plantas contrasta con los 172 metros del imponente edificio que, casi llegando a la cima, luce el escudo de la Unión Soviética: una hoz, un martillo, un globo terráqueo y muchas espigas de trigo. Allá, por lo alto, gloria y majestad. Aquí, por lo bajo, ella sonríe a ver si alguien se percata de su existencia y de sus iris moradas. No se cansa. Resiste la indiferencia. Rublos suman rublos y así sobrevive. Stalin levantó esos siete rascacielos en los años cincuenta del siglo pasado, mejor conocidos como las Siete Hermanas. ¿Le importa a ella algo de eso? ¿Los ha visita...

Goleador

Juan nació en Chile. Por eso, desde chico, ha sido siempre Juanito. De pequeño todos lo supieron: “este niño tiene los pies benditos”. En las canchas del barrio lo califican como el zar de la cachaña, el rey de la gambeta. Sus goles forman parte del recuerdo de muchos admiradores que desde cachorro lo vieron crecer bajo la instrucción de don Gastón, un profesor retirado de castellano que, por alguna extraña razón, olvidaba las reglas de la gramática española cuando dirigía a sus pupilos: “Ya, Juanito, partistes”, “te tocó, mi guacho, tenís que puro salir a meterla”, “hácelo como te dije, Juanito, ¡sale jugando!”, “gánate en la barrera, Juanito, y pónete firme nomás”. En la memoria de muchos aún se registra esa jornada cuando Juanito, en su propio lado de la cancha, le robó la pelota a un rival y comenzó desde allá, desde bien abajo, una carrera frenética y estilosa para llegar con la bola de cuero pegada al botín hasta las puertas del arco contrario. En su trayecto se quitó a todos cua...

Eustaquio (4)

  “Permiso, don Eustaquio” – decía Eduviges abriendo la puerta del despacho de su jefe. “Ya están aquí sus dos colegas. Me advirtieron que vienen con hambre y le piden que, por favor, no los haga esperar” – afirmó sin dejar de sonreír como era su costumbre. Ella pensó admitir que a esos dos cada día los estaba encontrando más parecidos a Timón y Pumba, los amigos de Simba el león, pero su sentido de prudencia le aconsejó que mejor lo callara. ¡Diantre! Esos dos estaban allí -y con una puntualidad asombrosa- y él lo había olvidado por completo. Con Ramona Guerra dando vueltas en su cabeza, Eustaquio no recordó ni se preparó para este compromiso y era verdad que desde la semana pasada los tres comensales -Eustaquio, Onésimo y Filemón- habían pactado con sangre darse otra cita en el “ Palacio de Buckingham”. Era éste un clásico restorán del centro histórico de la ciudad, ubicado en una de esas galerías que tuvieron su auge en los años treinta del siglo veinte y en las que todavía se p...

Eustaquio (3)

El despertador timbraba y vibraba. Dolo y Eustaquio reaccionaron al mismo tiempo. El gato se estiró y saltó de la cama. Su dueño trató de hacer lo mismo, pero sin la agilidad ni la destreza del animal. Luego, ambos fueron juntos al baño y de ahí caminaron directo a la cocina. El felino maulló exigiendo que su amo le cambiara el agua y le rellenara los pellets en ese par de envases de helado que ahora servían como platos para la mascota. Esta pareja se conocía bien y jugaban de memoria. Cada mañana la misma ceremonia. Eustaquio puso a hervir el agua filtrada para el café y encendió el pequeño horno eléctrico de la cocina para calentar el pan. Minutos después, y mientras el grano molido teñía de color el interior de la cafetera francesa y la mantequilla se derretía sobre la marraqueta recién horneada, él repasó la agenda del día. No tenía urgencias, audiencias judiciales ni clientes que atender. El aroma del café despertó en su memoria los recuerdos de esos clientes extranjeros que...

Cálculos

Un cuaderno arrugado y un lápiz gastado sellaron su pacto secreto. Ahí estaban Rufo y Lucio, derribados, pero no destruidos. Ante todo, la dignidad. Sus padres jamás deberían enterarse de que las matemáticas volvían a teñir de rojo sendas libretas de calificaciones. Detrás del quiosco los chicos fraguaron el éxodo de la esclavitud. Hicieron pedazos los controles parciales del curso y escondieron la evidencia documental. Luego, Rufo le dio su manzana y Lucio le correspondió con su marraqueta de queso, mantequilla y mortadela. Con la cara sucia Rufo alzó los ojos al cielo y al aire le preguntó: “Oye, ¿por qué las tías no quieren aceptar que vinimos al mundo para morir por un balón?, ¡¿para qué sirven las matemáticas?!” Lucio quedó persuadido por la lógica irrefutable de su compañero. Pero esa misma noche tuvo una pesadilla. Soñó que una profesora de siete cabezas venía a él de golpe y porrazo y, mirándolo a los ojos, lo interrogaba: “A ver, dime tú, pitufo, hijo de hom...

Eustaquio (2)

Eustaquio nació en febrero en las vísperas del día de los enamorados. “Para nada romántico, hijo mío” – le confesaría años después doña Eulogia, su respetada señora madre, con ese melodramatismo tan suyo e irrepetible. Ella era una dama inteligente y divertidísima que solía contar, para el deleite de sus oyentes, los episodios de la vida ordinaria como si fueran parte de una graciosa comedia. Poseía un agudo sentido de observación y una notable destreza para echar mano a los personajes del libro que estuviera leyendo en ese momento con tal de avivar la conversación. “Mientras yo te paría con dolor, tu padre tuvo que quedarse en la casa atendiendo otras urgencias. Y en el instante cuando ya venía verme, lo notificaron de una desgracia”, le explicaría doña Eulogia al único fruto de su vientre y éste siempre le correspondería con los ojos bien abiertos. Ocurrió que ese día cuando –“¡por fin!”- don Aurelio Galleguillos se alistaba para abordar su escarabajo y manejar raudo hacia la clíni...

Ángeles

Coincidieron en una biblioteca. Se reconocieron en seguida. Hermosas, inteligentes y con posturas irreconciliables entre sí: eran hijas de distintas tradiciones. Tomsin era naturalista, Johanne positivista y Alfonsina, realista. La primera recitaba extensos párrafos de la Suma Teológica de Aquino y definía la ley como una ordenación de la conducta humana encaminada al bien común. La segunda, lectora compulsiva de Kelsen, dibujaba pirámides invertidas en las paredes interiores de los baños de la facultad y confrontaba a cualquier celestino que pretendiera enamorar al derecho con la moral. La tercera, soñaba por las noches que recorría los pasillos de la Uppsala University conversando de tú a tú con Lundstedt, Olivecrona y Ross. Las tres ranqueaban en los primeros lugares de su generación. Los académicos las escuchaban con admiración cuando intervenían en las clases, y quedaban alelados cuando leían sus ensayos, siempre cortos e incendiarios. “Son simplemente brillantes”, llegó a decir d...