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Entradas

Lluvia

Caminar por Santiago el día después de la lluvia es especial. Algo del todo infrecuente. A quien vive en esta ciudad de cemento por momentos se le olvida que la lluvia existe. Pero hoy es uno de esos días para recordarlo. Ayer llovió. Y hoy Santiago amanece con la humildad del que recibe una segunda oportunidad sin merecerla. En las calles se aprecian hojas en el suelo (anaranjadas, amarillas y verdosas), rendidas y felices, como esos que por despeinados delatan haberse amado unas horas atrás. Los pastos humedecidos expelen gratos aromas y algunos malos olores, pero cuando la naturaleza regala sólo toca gozar y recibir con gratitud. Las flores callejeras destilan gotas de agua caída del cielo. Los primeros pasos que uno da al salir de su casa llevan esa reverencia del colegial que comienza escribir la primera página de un cuaderno en blanco. ¿Cuánto durará este sentido de maravilla? La mente del metropolitano de a poco vuelve a colmarse de obligaciones y el cuerpo regresa al estrés. Pe...

Zorzal

"Cuentos sin gloria" tiene el agrado de invitarles a leer este relato venido de la pluma de mi amigo Lucas Schubert, un escritor de 12 años que vive, piensa y siente en el sur de Chile:   “Zorzal”   El zorzal, lleno de tristeza, me mira y reclama: - ¿De veras tengo yo que morir para terminar tu cuento? ¡Siempre el pájaro muere! ¿Por qué? (¡Sería tan fácil un final feliz!) Pero no hay remedio. Con ojos llorosos le respondo: - Mira, el pájaro debe morir. Así el cuento es más profundo. - O sea, sólo por el placer de escuchar un cuento profundo, ¿tengo que morir? ¡Nunca escuché un cuento en el que el narrador muriera! – se queja. - Espera. ¿Que muera el narrador? - Sí, pienso que es necesario. ¡Eso sí sería muy profundo! Y entonces, muero yo. Todo sea para que el cuento luzca hermoso.

Artesano

Sin maestrías ni doctorados, se volvió experto por experiencia. La dictadura comenzó cuando él egresaba de la escuela de derecho. No hubo tiempo ni chance para especializarse en el extranjero, sino sólo para accionar en su terruño con lo que sabía y lo que tenía. Manejaba, sí, algunas normas constitucionales, ciertos artículos del Código Penal y uno que otro tratado internacional, pero, ¿y el resto? Bueno, eso tuvo que aprenderlo sobre la marcha. Las noticias de compañeras desaparecidas, algunas torturadas, y los incipientes rumores sobre estudiantes muertos en extrañas circunstancias, lo forzaron a debutar en los tribunales con sus primeros escritos. ¿Éxito? Ninguno: perdió todos los recursos que presentó. Sus argumentos -por persuasivos e inteligentes- no lograban esclarecer los hechos y, menos, identificar a los culpables. Intuyó que tocaba perseverar (y, de paso, tuvo la suerte de que no le pusieran precio a su cabeza). Llegada la democracia siguió haciendo lo suyo. Su oficina -rep...

Emigrar

“¡Abram, deja tu tierra, tus familiares y la casa de tu padre, y vete a la región que te voy a mostrar!”, afirma el Señor fungiendo como promotor de migraciones internacionales. “¿Y adónde me habrás de llevar, oh Autor del universo?”, contesta el arameo errante. “Eso no es asunto tuyo. Al menos no, por ahora. Más bien prepara tus maletas y recuerda tener a mano tu pasaporte y el certificado de vacunación”, replica el Hacedor. “Oh, mi buen Dios, es que me ayudaría mucho saber siquiera el continente que tienes en mente. Ten presente que deberé gestionar mis visas con anticipación”, insiste el simple mortal. “Está bien. No pensaba hacértelo saber. Quería regalarte una sorpresa. Pero, en fin, mejor te lo digo ahora: ¡irás a Chile!”. El hombre guarda un profundo silencio. Luego, con reverencia exclama: “Mi Señor, verás, cruzar los océanos sólo para tenerme allá por 90 días (plazo renovable por otros 90 días más), ¿no será como poco?”. “¿Qué dices, Abram?”, lo interroga el Omnipotente. “Clar...

Pancho

El Covid-19 me venció en julio de 2021. Fui a dar por ocho días a un hospital en Volzhski (ciudad vecina de Volgogrado, Rusia). Las horas pasaban lentas (muy lentas) dentro de una sala amplia de paredes blancas y techo alto. Superados los primeros desvaríos de la fiebre y algo menos intoxicado que al principio, me sentí con fuerzas para comer, intercambiar mudos gestos de amistad con mis compañeros de habitación, leer un par de libros y escuchar música en español. Conectaba los audífonos a mis oídos y del teléfono móvil salían acordes que me recordaban el rincón del mundo donde nací. La distancia me despertó ansias de escuchar melodías latinas y la enfermedad me llevó a rebuscar algunas letras imprescindibles entre los archivos de mi memoria. Fue así como volví a las canciones de Pancho Martell. Las escuché de niño (en casetes) y, sin querer, memoricé largos versos (en un vocabulario que sonaba extraño para un mocoso de 10 años: “Yo también sufrí, yo también lloré, yo también viví la v...

(Porno)

Porno            decir las verdades, mis huesos envejecieron. Porno            amarte cuando estabas aquí, hoy vuelas lejos. Porno            escuchar a mis viejos, tuve que aprender sufriendo. Porno practicar la escritura en tiempos de paz,  llegó la guerra y no supe cómo seguir.    

Pragmático

Sobre un piso de césped sintético descubrió su vocación política. Sus convicciones graníticas y sus dietas hipocalóricas lo volvieron un sujeto estrambótico. Por sus textos apologéticos sobre lo circumbirúmbico y por aquellos ideales estratosféricos, se granjeó fama de polémico. Para nada problemático, su estilo era -ante todo- poético (y, siendo bien específico, romántico). Para unos era un lunático, para otros era un maniático y según sus opositores, un vociferador mediático. Se mostró enemigo de lo cosmético, tenaz contra lo enigmático y cultivó una retórica categórica. Sus experiencias traumáticas (fue criado en un medio aséptico, valorando en exceso lo higiénico), lo volvieron algo escéptico. Siempre fue certero en cuestiones de pronósticos y diagnósticos (con mínimas desviaciones estadísticas). Sus cálculos matemáticos y sus giros lingüísticos reforzaron su cariz filosófico-analítico. Huyó de lo jurídico, mas se interesó por los estudios humanísticos y memorizó los tres evangelio...

Lingüístico

Las letras y las palabras me hacen sufrir (pero las perdono). Con frecuencia me confunden (pero sigo dependiendo de ellas). Se confabulan en mi contra y gozan al verme metido en un problema (pero aun así las quiero). Como ese día cuando llegué vestido con ropa ligera a la clase de matemáticas, listo para bailar. ‘Y a usted, joven, ¿qué le pasó?’, me preguntó la profesora. ‘Nada, señorita, sólo me tomé en serio eso de que hoy tendríamos algo de ritmo’. En su mirada fluía compasión: “Algoritmo, joven, algoritmo. Me oyó mal. Y ahora vaya a sentarse. Al recreo se cambiará esa guayabera”. Años después fui encarado por el marido de una colega. El hombre estaba celoso y en su furia me ofrecía resolver esto a los golpes. ¿Qué pasó? Se enteró que cuando su mujer me preguntó, en el receso de una conferencia, qué se me antojaba beber, ella me escuchó decir ‘te quiero’. Grave. Esa inversión en el orden normal de la frase (‘quiero té’) me expuso a perder la vida. El poeta que había en mí me volvía ...

[...]

Tamara y Aliosha se besaron por última vez esa fría mañana de invierno. Al separarse, y ya sentado al volante del camión, él recuerda ese momento y supone que eso fue amor. Varios kilómetros más allá, cruzando la frontera binacional, al mismo tiempo Tania le advertía a Alieg que se cuidara, que no bajara la guardia y que para esas noches de frío usara la bufanda que la madre de ella ahora le enviaba como su último regalo. Aliosha conduce a la misma velocidad que se desplaza el vehículo que transporta a Alieg. El primero se dirige a cumplir una misión militar específica. El segundo, juró que se esforzaría para repeler al que percibe como intruso en suelo propio. Faltan dos horas con veintitrés minutos para que estos dos desconocidos queden frente a frente, sumergidos los pies en la nieve, uno pensando en el calor de los labios de Tamara y el otro, dudando si en el vientre de Tania bailará un hombre o una mujer. Los dos soldados acortan la distancia que los separa mientras que sobre sus ...

Bulos

* “Dicen que dijo y que muchos lo oyeron”, se asegura en el informe de media página. Como respaldos se adjuntan algunas impresiones captadas de la mensajería de WhatsApp (“se supone que ese sería su número”), un video tomado por alguien con su móvil (“mírelo, ahí se lo ve sumergido entre la multitud: ese que está de espaldas se parece mucho a él”) y un par de fotografías subidas al Instagram desde una cuenta que -por razones de seguridad- opera de forma anónima. “¿Hay algo más en su contra?”, pregunta el jefe esa mañana a su mejor informante antes de zanjar la suerte de su empleado. “Sí, señor”, le responde el portero del edificio. “La abuelita del kiosco escuchó unos días atrás hablar a dos clientes suyos que decían haber visto a un hombre parecido al Soto diciendo eso mismo”. Sin más, el gerente se convence. “Sí, tiene que haber sido Soto”. Acto seguido firma su desvinculación.   ** “¡Señoría, buenas noches! ¡Y disculpe la hora, por favor!”, dice sobresaltada la fiscal desde ...

Secreto

Durante sus años en la facultad de derecho cursó latín. Por su oficio de escribidor de sentencias con palabras alambicadas, se familiarizó en la consulta diaria del diccionario de la lengua española. Sus pares hablan de manera formal y se desenvuelve en un medio que espera de él cierto nivel de elegancia en el trato con los demás. Algunos de sus buenos amigos leen a Cervantes y alguien más por ahí lo presiona para que incursione en el teatro shakesperiano (‘de preferencia en inglés’). En ocasiones lo han invitado a universidades marxistas y otras regentadas por la curia romana para exponer sobre el futuro de la dogmática jurídica. Con frecuencia le toca asistir a reuniones en las que de fondo se oye música de Beethoven. Y así transcurren sus días sin que nadie se percate de su secreto mejor guardado, ese que sólo se revela cuando se ducha. Allí, en total intimidad, bajo el chorro del agua y cubierto el cuerpo de jabón y la cabeza con champú, se entrega a su oculta pasión: la cumbia col...

Juntos

Cuando me convencí de que ella y yo caminábamos por la misma cuadra casi con idéntica frecuencia, me atreví a decirle que le ofrecía mi brazo. No sabíamos nuestros nombres, pero no lo dudó y, sin excesos de emoción en su voz, dijo que sí lo aceptaba. Echamos a andar esos varios metros que nos distanciaban del semáforo que separaba nuestras rutas. Ella se dejó guiar por mi ritmo. Comencé a hablar, mas al instante supe que mis explicaciones estaban sobrando: el árbol con raíces gruesas que rompen el cemento, el kiosco que reduce el ancho de la vereda a la mitad, y esa cafetería que expele un grato aroma a granos recién molidos, de seguro eran cosas que se había representado con precisión cientos de veces en las pantallas de su mente. Al principio pensé que al verme con ella los demás me respetarían. Craso error. Para la multitud santiaguina -impuntual, pero acelerada- somos dos intrascendentes (1+1=0). Nos chocan, nos bloquean el paso, nos expulsan de la senda. Y la peor parte recae sobr...

Arepas

Eran dos. Vestían zapatillas y jeans y, sobre sus polerones, lucían unos delantales que las hacían ver como chefs de cocina gourmet. Su atención era de alto nivel: palabras amables, miradas a los ojos y sonrisas auténticas. Pocas veces el comercio callejero dio muestras de tanta elegancia y dignidad. Lo suyo era la venta ambulante de arepas, esa especie de pan redondo hecho en base al maíz. Las entregaban, aún calientes, envueltas en papel de aluminio. Y las promocionaban escribiendo con tiza y buena letra sus cómicos nombres en una pizarra negra ('Pelúa', 'Rompe colchón', 'Viuda', 'Endiablada', 'Gringa', 'Pabellón criollo', 'Reina pepiada', 'Tumbarranchos', 'Dominó'). El minuto único que duraba esa transacción matutina siempre me generó un sentimiento grato y vivo. Esas dos extranjeras irradiaban una cordialidad imprescriptible.  Se instalaron en las afueras del metro Universidad de Chile, en la salida que conduce...

L (ele)

Se acostó como Álvaro. Y despertó como Avaro. Tratándose apenas de una sola letra, no le dio importancia. (¿Acaso no vivía en un país donde los nativos devoraban con impunidad ciertas letras? Había sido el caso de la ‘s’. Creció convencido que después del uno venía el do’ y a continuación el tre’. Total, así contaban papá y mamá y él aprendió los números en su casa). Pero con el paso de los días la ausencia de esa ‘l’ se hizo notar. Con ella se fue la liberalidad. Ya no quiso distribuir más sus bienes. Si no había recompensa por lo que daba, mejor que no contaran con él. Comenzó por ocultar su sonrisa, pues no había motivo para regalarla en la calle. Luego optó por escatimar el tiempo invertido con sus amigos (y, a corto andar, advirtió que su cantidad de compadres era un derroche que debía corregirse mediante la austeridad de los afectos). Acabó, por fin, reservando para sí lo que antes gastaba en su enamorada (miradas, caricias, besos y escucha). “¿Qué te pasa, cariño?”, le preguntó ...

Tricolor

El torbellino los trajo a los tres. Cayeron plantados en el mismo barrio. Luego, las tormentas de la vida los hicieron crecer, pese a sus diferencias, muy cerca unos de otros. Igual que los árboles de un bosque nativo. Marta, la mayor del triunvirato, llevaba quince años viuda cuando conoció a sus dos compinches. Juan Carlos sumaba los mismos años viviendo en Chile contados desde el día cuando dejó Bolivia, su tierra natal. Y hacía exactos quince años también que Bernabé había nacido sin tener la posibilidad de conocer a sus padres, salvo por esa noticia del trágico accidente que les robó la existencia a una pareja de jóvenes enamorados.  Coincidieron en una plaza. Marta miraba en silencio y desde la distancia cómo Bernabé practicaba unos arriesgados saltos con su bicicleta cuando de pronto, y sin darse cuenta, el muchacho acabó estrellándose contra Juan Carlos, quien sólo buscaba una sombra donde echarse a dormir una siesta. La trifulca entre los dos llevaba un par de minutos (“Ch...

Expulsados (3)

Nuestra existencia acabará en pocos segundos. Jamás tuve tal certeza ni conciencia del fin. Nos iremos los cuatro: mi mujer, nuestras dos hijas y yo. Las chicas se durmieron apenas la nave despegó. Aquí adentro cuesta respirar. Se deja sentir tal presión sobre los cuerpos que parecemos pegados a los asientos, con nula posibilidad siquiera de mover los dedos de las manos. Se oye poco y nada, y hablar resulta casi imposible. Contemplar la tierra desde las alturas ha sido majestuoso. Si no fuera por estas lágrimas, disfrutaría aún más las últimas imágenes que captan mis ojos. Recuerdo a Julio Verne y sus exploradores chiflados descendiendo hasta el centro del planeta. Cuando uno de ellos se extravió en el oscuro mundo subterráneo, sólo atinó a clamar a Dios. Hago lo mismo. Ignoro si lo que estamos viviendo es el cumplimiento de alguna profecía que nadie quiso escuchar. Abajo quedaron esas máquinas que lucen como humanos, pero se mueven gracias a la nanotecnología. ¿Necesitarán ponerse de ...

Expulsados (2)

Desperté. Ese sueño mío fue horrible. Sentí el alivio de la luz del amanecer. Estaba a salvo. Contento bajé de la cama y caminé directo a la cocina. Mi alegría de saberme en casa crecía con cada acción conocida: sacar la cafetera, hervir el agua, poner las cucharadas colmadas de café y sentarme a esperar el resultado oyendo a los pájaros cantar. En eso sonó el citófono. Eran apenas las siete de la mañana de ese sábado. No tenía sentido oponerme a que subieran. Llegarían igual a nuestro departamento, con o sin mi permiso. A los segundos cruzaban el umbral de la puerta. “Buenos días. Sólo déjenos hacer nuestro trabajo. No complique las cosas. Hemos tenido que pulverizar al conserje. Sería desagradable y antihigiénico repetir el procedimiento con usted”, me dijeron los agentes. Los contemplé con admiración. Ella me sacaba una cabeza más de altura y él, por lo menos dos. Sus cuerpos eran perfectos y sus caras hermosas. Si no fuera por el tono metálico de sus voces y esos lentes oscuros, pa...

Expulsados

Y llegó el día cuando las máquinas tomaron el control del planeta. Entonces el ser humano se volvió algo innecesario, primero, y peligroso después. Los entes surgidos gracias a la tecnología vanguardista y controlados por los métodos de la nanotecnología fueron capaces de generar orden. Tamaña reducción del caos y la incertidumbre se estimó como inmensa ganancia. Cuidar el nuevo estado de cosas pasaba por deshacerse del principal enemigo: la raza humana, un conjunto de seres con fecha de caducidad, inteligencia finita y saturados de caprichos, prejuicios y traumas no superados. La robótica ofrecía mejores garantías para el cultivo de la tierra y la preservación animal. Así comenzó a nivel mundial el derrumbe de los palacios de gobierno, las sedes parlamentarias, los tribunales de justicia, los colegios y universidades, los templos, mezquitas y sinagogas. En los 54 países del continente africano se instalaron sendas pistas de despegue. Los vuelos se programaron cada 15 minutos con una c...

Probabilidad

Andrés Araya fue condenado como autor de homicidio. Se le achacó haber ingresado al despacho del jefe del servicio donde trabajaba y, mientras éste dormía la siesta, hacer un nudo ciego en la corbata de la víctima hasta asfixiarla. Dos testigos dijeron haber visto que un hombre de piel morena y ojos claros salió raudo del gabinete, corrió escaleras abajo y abordó una motocicleta que era conducida por una chica colorina que tenía tatuados ambos brazos. Lo cierto fue que durante el juicio oral ninguno de los testigos fue capaz de reconocer a Andrés Araya como el sujeto que atentó contra el finado señor director. Se les permitió incluso ver al acusado de cerca y hasta se amplificaron fotografías suyas en la pared del tribunal, mas nada: nadie lo identificó como el agresor. Pero el fiscal se negó a creer en el azar, optó por interpretar los datos aportados por la policía e hizo un juego de probabilidades. Demostró que Araya reunía la totalidad de las características del sospechoso: era cos...

Kuzaschka

Lo bautizaron así un par de niñas rusas. Eso sí, el felino nació aquí en Chile (y supongo que en Santiago). Con frecuencia toca explicar que su nombre significa ‘mordedor´. Es un animal fiero, nada apacible. Decenas de veces ha robado la comida de sobre la mesa (sin respetar la elegancia del mantel ni esperar que las visitas disfruten primero de los bocados). En más de una oportunidad ha clavado sus dientes y garras en las piernas y brazos de las chicas de la casa. Y, lo admito con celos, me desagrada la confianza e intimidad que logra con mi mujer al momento de la siesta. Gracias a él comprendí la locución latina mens rea . Basta contemplarlo en acción para advertir la intención y la conciencia que lo mueven a perpetrar sus conductas ilícitas. El día cuando fui a representarle que no iba a tolerar más su flagrante infracción a las reglas del hogar, replicó que mi concepto de derecho le parecía de un reduccionismo grosero. “¿Y se puede saber por qué?”, objeté. “¿Pues dónde dejas los pr...