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Entradas

Bemoles

“¿En qué me dijo que trabajaba, caballero?”, pregunta la entrevistadora. “Compongo himnos nacionales para Estados libres y soberanos”, le contesta el veterano. -           Oiga, disculpe, pero ¿eso sucede cada cuánto tiempo? -           Cada vez que la historia nos sorprende con la caída de uno que otro muro. -           ¿Cuándo fue la última vez que escribió un himno? -           Me pidieron varios cuando se desarmó la URSS. -           Oh, ya veo. Pero ¿eso habrá de suceder allá por las Europas del Este nomás? -           No, para el África también compuse: acuérdese que las coronas perdieron sus colonias. -           Comprendo. Pero, bueno, no se me vaya tan le...

Modales

Detiene el autobús con la mano empuñada y el pulgar hacia arriba (old school!). Lo aborda saludando al chofer. Enseguida paga su pasaje. Al caminar por el pasillo expele el grato aroma de su perfume. Sus zapatos negros recién lustrados brillan y encandilan a quien los mira. Busca dónde sentarse. Observa, piensa y descubre un puesto vacío al lado de una joven agraciada. Sentándose junto a ella, y sin quitarse los lentes negros que cubren sus ojos, le dice con voz ronca: “Entrégame tu teléfono y todo el dinero que tengas”. La chica no se inmuta y sigue haciendo lo suyo. Ella mueve los pies y tamborilea sus dedos al ritmo de una música insonora. Sus audífonos la mantienen aislada del mundo y sus desgracias. Entonces el hombre va por segunda vez, pero ahora tocándole un hombro hasta conquistar su atención. “Sí, dime, ¿qué te pasa?”, le contesta, rápido y seca, su improvisada compañera de viaje. -           Te estaba diciendo que me entregues tu...

Pundonorosa

Se emociona tanto con el mouse que recién ha comprado en la tienda, que abre la pequeña caja con alegría y usando unas enormes tijeras cartoneras. En eso, una de las afiladas hojas corta el cable del nuevo dispositivo electrónico. Ay, qué lata. Y se veía tan lindo. Ni modo: acabará el resto de la redacción del documento valiéndose nada más que de la destreza de sus dedos. Lo importante es llegar a tiempo a la oficina y entregar el reporte. Cuando termina, va a imprimir el informe y se percata que el cartucho de tinta está casi vacío. Le alcanza sólo para las primeras páginas. Resta todavía imprimir una enormidad de gráficos y cuadros estadísticos. Ni qué hacerle: llamará a la oficina para que alguien lo imprima mientras va de camino para allá. Lo esencial es estar presente y dar la cara. Sale a la calle. ¡Qué suerte! Allí está el colectivo, con su chofer llamando a viva voz a los últimos pasajeros. Se irá en cuestión de segundos. Corre, se acelera su corazón y su frente suda. Las puert...

Rechazo

Curioso por el título del curso, me matriculé en él. “Educación de la inteligencia” se llamaba la materia. La iba a dictar una profesora de visita en la facultad. No me atreví a reconocerle a nadie que iba a cursarlo. Mi discreción y disimulo fueron absolutos. Además, mi motivación nada tenía que ver con expandir las fronteras del conocimiento. Lejos de eso, yo sólo era presa de una íntima hipótesis que me obsesionaba. Antes había intentado verificarla yendo a los pubs, escribiendo poesía, caminando largos kilómetros, contemplando los gorriones que anidan en Santiago, leyendo una que otra novela prestada que nunca devolví, conversando con los viejos y jugando con mis sobrinos. Pero nada funcionó. No veía la luz. Al revés: como que el dilema se expandía dentro de mí hasta sofocarme. Por eso asistí al curso con tantas ganas. El primer día llegué con mi lápiz de tinta azul y mi cuaderno de 150 hojas en blanco. Me senté al final de la sala. No alcé la mano para responder porqué estaba allí...

Tictac

Apurada, con el pelo húmedo todavía, camina hacia el metro. Despertó tarde. Apagó su alarma y, sin darse cuenta, se durmió unos minutos largos y deliciosos que la dejaron sin desayuno. Ahora casi corriendo va anticipando en su mente la agenda del día. Llamadas, entrevistas, clientes y correos electrónicos. Se angustia, pero recuerda que hoy la jornada será más corta de lo normal. Por fin, fiestas y feriados. Lo anhela. Ya se imagina descansando, leyendo, cocinando, besando. Todo en paz y con alegría. Se ríe sola. Pero no se distrae. Va con demora y debe recortar el tiempo perdido. Un scooter. Eso es. ¡Bendito sea el que dejó este monopatín justo en su camino! No lo piensa dos veces. Lo tomará. Tiene cargada su tarjeta y, además, un poco de velocidad le hará bien para secarse el cabello de forma natural. Lo ha hecho antes. Es imparable, un bólido en acción. El vértigo le gusta. Las cuadras que le faltan para llegar hasta el tren subterráneo las atravesará en ese cometa eléctrico. ¡Excel...

Marrullero

“¡No le pienso pagar un peso, señor abogado!” – grita el cliente. “¿Qué dice, caballero?” – replica su defensor letrado. “Lo que oye. Y no se me haga el sordo. Mire, usted no me va a engañar ni me prestaré para sus martingalas. Estuve sentado al lado suyo (¡y muy atento!) durante la audiencia. ¿Y sabe qué? Apenas lo escuché mencionar un sólo artículo. ¿Se da cuenta, abogado? ¡Un mísero y único artículo! Y encima lo repitió de memoria, como loro, con cero emoción. ¡Si supiera los extensos poemas que mis nietos son capaces de recitar! Esos sí que le ponen a uno la piel de gallina. En cambio, usted, en menos de 30 segundos dijo un par de jerigonzas y ahora pretende cobrarme por eso. ¡Ah! Y eso no es todo, abogado. ¡No, no, no! No permitiré que ofenda mi inteligencia: tengo clarito que el tribunal pronunció una sola palabra: “Absolución”. ¿Lo ve? ¡El juez dijo apenas una palabra! ¡No sea zorro, señor defensor! ¡Una sola palabra! Tal cual: como quien dice, así nomás por ser, “alcachofa”, “d...

Nacho

“¡Hola, Nacho!”, es el título de un programa radial. Se transmite cada semana por una onda corta de radiodifusión de la comuna donde Nacho nació, creció y hoy envejece. Lo produce el mismo Nacho, quien gusta hablar de sí en tercera persona. “Esta semana Nacho se pregunta”, dice él para comenzar cada capítulo y así se larga con la interrogación del momento. No tiene más libreto que su memoria y los temas que aborda los encuentra botados en las veredas de lo cotidiano. Se esfuerza por ser honesto y espera de sus invitados igual grado de sinceridad. Debutó con “Nacho y los niños huachos” y su primera invitada fue su madre, todavía viva. Ella contó a corazón abierto cómo fue criar a sus hijos sola sin estudios formales ni contratos laborales. “Gracias, mamá”, dijo Nacho al terminar el programa con su voz ahogada. En plena pandemia se lanzó con “Nacho y el bicho”, oportunidad cuando una amiga suya, enfermera del centro de salud más cercano a su casa, cuestionó la frivolidad de las redes soc...

CP

Calixto Pérez (en adelante CP) fue invitado a la Casa Popular (en lo que sigue CP) para exponer sobre las relaciones entre la Constitución Política (en lo sucesivo CP) y el Código Penal (se abreviará CP). Lo cierto fue que CP sorprendió a todos apenas ingresó a la CP. En una mano portaba un ejemplar de la CP y en la otra, una copia del CP. El público presente en la CP disfrutó de las ocurrencias de CP, en especial cuando afirmó que la CP y el CP sólo podían complementarse y nunca contradecirse. Sin embargo, hubo un momento tenso en la CP: ocurrió cuando CP, leyendo a viva voz un par de normas del CP, afirmó que estos se hallaban condicionados por el contenido político de la CP. Sepa usted cómo, pero CP siempre se las arregla para que la CP lo siga invitando, sea para hablar sobre la validez y eficacia de la CP en vigor como también de la postergada reforma al vetusto CP. Y es que CP nunca aburre: quienes asistieron a la CP aprendieron una nueva forma de mirar la CP y se motivaron a esc...

Lector

Estaba por tomar el libro cuando oyó la primera voz: “¡No, no lo vas a entender!”. Asustado, retiró la mano. Pero no se fue del lugar. Y lo siguió contemplando. Si algo había vivido, ¿por qué de pronto se sentía tan ignorante? Se rearmó de valor y fue de nuevo en su intento de cogerlo por el lomo. Mas al instante una segunda voz le advirtió: “¡No, no vale la pena gastarse en esas páginas!”. Se paralizó. Y quitó la mano de sobre el libro. En silencio se preguntaba si el universo terminaría en la punta de su nariz. Su intuición lo impulsó por tercera vez a perseverar en su cometido. Cuando estaba a una mínima distancia de tocar la portada del libro con las yemas de sus dedos, quedó impactado por el tronar de una voz que le decía: “¡No, no eres digno!”. Asustado, retrocedió dedos, manos y brazos y, ahora sí, hasta unos pasos dio hacia atrás. Pero, terco seguía con los ojos clavados en el libro. ¿Podría leerlo? ¿Comprendería? ¿Lo disfrutaría? ¿Sería trasformado? Desesperado, avanzó. Extend...

Desilusión

La niña está chocha. Después de largas horas de estudio sale radiante de su habitación como fugitiva que escapa de la prisión. Corre alegre por el pasillo con un libro cerrado en sus manos. Va gritando a más no poder: “¡por fin terminé con historia!” Pero poco le dura el festín. Su abuelo la oye, se le acerca y al oído le dice: “Cariño, te equivocas: la historia continúa”. 

El perrito de la dama

De seguro usted me conoce por aquella historia rusa. Sí, la misma con la que Antón Chejov jugó con mis sentimientos. Tal cual. Él intituló su obra “La dama del perrito” y al final resultó ser sólo una publicidad engañosa: los focos se pusieron sobre ella -la dama- y a mí me dejaron, como siempre, sometido a los pies de mi dueña. Encima, nunca me gustó que el autor me llamara con un diminutivo: “perrito”. ¡Habrase visto! Ser perro es mi esencia; el tamaño no importa. Pero a Chejov ya lo he perdonado. De veras que no le guardo rencor. Ahora estoy viejo y sé que pronto habré de partir. Por eso, antes de morir, además de estar en paz con todos, me urge también contar lo que en realidad sucedió aquel verano en Yalta. Seré subjetivo y parcial. No pretendo ser un testigo aséptico de los hechos. Vea usted: mi dueña era una mujer atractiva y desde que me adoptó como su mascota pude percibir cómo los hombres, aun sabiendo que en uno de sus finos dedos lucía un pacto de matrimonio, buscaban seduc...

Reptil

Soy un lagarto. ¿Mi nombre? No tiene importancia. Aquí el protagonista es otro. Nací en estas arenas -ardientes por el sol- un día que sólo mis padres recuerdan. Sus patas y las de mis ancestros han recorrido estas tierras secas y sin gloria. Y lo mismo hacen ahora mis hijos, y mañana mis nietos. Estos rincones del universo son testigos diarios del vacío y el silencio. Pero ahora que usted me lo pregunta, sí, una vez, ocurrió algo insólito. Sublime, si me lo permite. Mire, él no era el primer humano que yo había visto. En su cara no advertí nada especial. Al comienzo me impresionó como un hombre sin atractivo para ser deseado. Pasaron los días y él seguía dando vueltas por aquí: uno, tres, nueve, quince y así siguió hasta cumplir cuarenta. ¿Que cómo es que lo sé? Porque los conté uno por uno con paciencia de lagarto. Retengo todavía algunas de las palabras que él escribía en la arena. Entre dibujos y rayones distinguí cosas alusivas a un reino. Sí, una vez pasó muy cerca de mí, al punt...

Responsabilidad

Éramos primerizos, pero no por eso íbamos a rendirnos. Nuestra escuela fueron tres películas en blanco y negro y un par de novelas prestadas que nunca devolvimos. Apenas salí de la joyería con el botín en las manos comprendí que algo andaba mal. “¡Súbete!, ¡cambio de planes!”, gritaste con elegancia sin perder el control del volante. Y allí estábamos: dos novatos en el crimen desorganizado a bordo de una recién robada carroza fúnebre. De pronto por el retrovisor me percaté de una larga fila de automóviles que nos seguían fuera donde fuéramos. “¡Sí, amor, es el cortejo! ¡Pero mantén la calma: ya verás como los pierdo!”, decías otra vez, con la izquierda en el volante y la diestra sobre la palanca de cambios. Pisaste el acelerador a fondo y la aguja del tablero llegó a marcar 150. ¡Habrase visto cómo corría esa hilera de automóviles tratando de perseguir al finado! Pensé que el muerto que trasportábamos tuvo que ser en vida alguien muy importante porque hasta una patrulla de carabineros ...

Lienzos

Kan Hu Tho no era chino, coreano ni japonés. Lejos de eso, era un chilenito picarón. Un día optó por ir a probar suerte a Laicolandia. Pretendía allá dialogar con alguien sobre el origen del universo. Apenas llegó sufrió una desilusión. Nadie le siguió la corriente y lo dejaron hablando solo. En rebeldía optó por vestirse con un traje de camuflaje y salir por las noches a colgar lienzos en distintos puntos de la ciudad. Su mensaje subversivo era, a la letra, בראשית 1:1. Sus letreros duraban pocas horas. Al amanecer la policía municipal los hacía desaparecer. Pero él no se rendía. Reincidía en su conducta. Pese al tenaz esfuerzo de las autoridades por erradicar tan peculiares avisos, hubo quienes, con los primeros rayos de luz solar, los alcanzaron a leer. A esos se les abrió la curiosidad por saber más. Investigaron. Y entonces comenzaron a suceder ciertas cosas que aun hoy son materia de sendos sumarios administrativos y penales. La evidencia recopilada hasta aquí da cuenta de que aqu...

¡Oh!

Pablo, por primera vez, se instala en la esquina de Colón con Vespucio. Allí estrenará sus malabares. Se ha preparado con fuego y parafina para encandilar al público encendiendo sus clavas multicolores. Pese al frío santiaguino está dispuesto a lucir una polera sin mangas para mostrar sus brazos musculosos. Andrés debutará esta misma tarde como bombero en la gasolinera ubicada en Colón con Vespucio. Para causar una buena impresión en los supervisores está dispuesto a sonreírles a todos, incluyendo a esos clientes que se larguen sin darle siquiera las gracias por haberles limpiado los vidrios con tanto esmero. Plumilla es un pichón al que hoy su madre gorriona está dispuesta a enseñarle a volar. Con esfuerzo ella ha construido su nido en las alturas de una acacia plantada en la intersección de Colón con Vespucio y ha cuidado cada detalle para que por fin Plumilla abra sus alas y se eleve por los aires. Pablo la está rompiendo en la esquina con sus clavas ardientes. Los automovilis...

Benjamín (niños, último capítulo).

                 “¡Superman!”, gritó Pedro. “¡Bati-chica!”, exclamó Denisse con más fuerza. “No, por favor, ustedes sí que no saben nada: ¡Batman, Batman y mil veces Batman!”, exigía Marcelo alzando los brazos. “Ninguno de ellos tiene estilo: Aquaman, sí. ¡Aquaman y sólo Aquaman!”, pretendía imponerse Fernanda por sobre sus compañeros de curso. En eso, y justo cuando se produjo un insólito silencio, Benjamín tomó la palabra y venciendo su timidez habitual se atrevió a decir: “Quiero presentarles a un héroe que ustedes no conocen. No hay ningún cómic sobre sus aventuras. Y como los estudios Marvel todavía no saben de su existencia, no lo han llevado al cine en una de esas películas repletas de efectos especiales”. Cuando afirmó esto último, los compañeros de Benjamín lo quedaron mirando directo a los ojos y formaron un círculo a su alrededor. Él tragó saliva, pero lo dicho ya estaba dicho. Los había provocado. “Y ese héroe tuyo, sin...

Danilo (niños, cuento cinco)

“¿Para qué me sirve la matemática, Fabiola?”, se lamentaba Danilo. “Hay que ser bien amargado para encontrarle belleza a las ecuaciones y a toda esa mezcla rara de números con letras que sólo existe para hacernos infelices”, seguía quejándose ante Fabiola, su amiga de tres cursos superiores y, por lejos, la persona que le tenía más paciencia en todo el colegio. “Déjame ver tus respuestas, por favor”, le pidió la chica. “¡No!, ¿qué quieres demostrar? ¿Qué soy un cero a la izquierda?”, respondió Danilo con su orgullo herido y sin darse cuenta de que había usado un dicho popular que sólo tiene sentido si algo se entiende de matemáticas. “Está bien, está bien, como quieras”, replicó su amiga. Y agregó: “Veo que hoy no estás de ánimo para conversar. Quizás mañana, con aire fresco, me dejes siquiera intentar ayudarte. Nada más déjame decirte que los números son valiosos para comprender la naturaleza, los avances informáticos y, además, nos libran de caer en engaños”. Los chicos bajaron...

LDO

Leopoldo conoció a Nibaldo el mismo día cuando Archibaldo y Arnoldo se hicieron amigos. Nibaldo era yunta de Archibaldo, de modo que al poco rato Leopoldo también lo era de Arnoldo. Días después se les sumó Aldo, pero a éste le costó más ingresar al grupo. Le cuestionaron lo breve de su nombre, como que a éste algo le faltaba. Pero al final, como igual terminaba con las tres últimas letras de los demás, entró. Los cinco chiquillos eran unos pícaros. En sus clases de literatura escribían composiciones sobre profesores raptados por marcianos y sometidos a duros apremios más allá del sol (Leopoldo y Nibaldo). En artes, pintaban cuadros sobre inodoros que estallaban con violencia justo para el examen de matemáticas, forzando a todos a evacuar al colegio en medio de litros y kilos de desechos humanos (Archibaldo y Arnoldo). Y el profesor de deportes jamás olvidará el día cuando los llevó a trotar cerca de las faldas del cerro y no supo más de Aldo hasta que por la noche, el veloz corredor, ...

Carolina (niños, cuento cuatro).

Carolina despertó sintiéndose mal. Había pasado una mala noche y no logró descansar. Ahora apenas le alcanzaban las fuerzas para llegar al baño. En eso, su mamá entró a su habitación. No necesitó preguntarle nada para darse cuenta de que su hija mostraba síntomas de una evidente enfermedad. En cuestión de pocas horas la salud de Carolina empeoró bastante. Se equivocaron sus padres al pensar que esto sería algo pasajero. No había tiempo para detenerse a observar y luego a esperar cómo evolucionaría su hija. Por los quejidos de su niña tuvieron que actuar en ese preciso instante. Decidieron entonces partir de urgencia al hospital. De camino, Carolina se agravó. Vomitó dentro del carro, estaba afiebrada, su piel iba tomando un color amarillento y su cara comenzó a hincharse. Nomás la vieron ingresar al recinto asistencial, la derivaron de inmediato a sala de emergencias. Allá verificaron sus signos vitales y de prisa le tomaron algunas muestras para examinarlas. A las horas se l...