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Entradas

Colonial

Nació en una colonia (vale decir, en un territorio dominado y administrado por una potencia extranjera). Su llegada al mundo coincidió, pues, con los años de la colonia (esto es, con aquel periodo histórico en el que un determinado territorio está colonizado). Fue allí y entonces cuando sufrió su primer ataque al colon (a saber, aquella porción del intestino grueso de los mamíferos, que empieza donde concluye el ciego, cuando éste existe, y acaba donde comienza el recto). Durante sus días de internación en el hospital leyó con fruición sobre los viajes de Colón (aquel navegante que un 12 de octubre de 1492 desembarcó en las Bahamas). Con tamaño golpe a la salud, perdió varios kilos, pero mantuvo siempre su elegancia. Así, cada mañana, se le veía frente al espejo echándose colonia (es decir, un perfume compuesto de agua, alcohol y esencias aromáticas). Recuperado el vigor de su cuerpo y de nuevo en alto su moral, se enamoró de una colona (valga la explicación: persona que coloniza un te...

Pelé

… en este momento el Señor Dios  debe estar gozando de lo lindo allá en la gloria  al contemplar como su hijo corre con el balón pegado al botín sin que ningún ángel, arcángel o querubín logre quitárselo…

Versos en fuga

Sentado en una banqueta, el poeta gozaba de la noche veraniega en compañía de una prófuga de la justicia. La fugitiva, empeñada en burlar a la patrulla policial que la buscaba, optó por disimular su presencia en ese lugar fingiendo ser la novia de un aprendiz de escritor. ¿Qué hacía ese sujeto en horas de la madrugada bajo la luz de un farol? Se hallaba tratando de reproducir con palabras el placer que sentía al escuchar el canto de un coro de grillos callejeros. Fue entonces cuando ella, por sorpresa, llegó a posarse a su lado. Él la miraba con atención, cautivado por su belleza e ignorante de su prontuario. A los segundos las balizas policiales alumbraron la obscuridad. La mujer lo miró directo a los ojos. Le preguntó qué escribía. Luego lo invitó a que con calma y suavidad se le acercara al oído para susurrarle su mejor poema. Como el vate no reaccionaba, ella misma acortó la distancia y así quedaron piel con piel. “Recítame hasta el amanecer”, le pidió. Él empezó por aclarar su voz...

... en pañales...

Hace exactos dos años nació “Cuentos sin gloria”. Fue para las vísperas de la celebración del milagro de Belén. En esa oportunidad uno de los primeros relatos publicados fue “Navidad” [i] . Más adelante, y en respuesta al asombro que provoca el misterio de hallarse al Mesías envuelto en pañales y acostado en un pesebre, se publicaron tres historias (muy distintas entre sí): “Cucho” [ii] , “Profana natividad” [iii] y “Kenosis” [iv] . En 24 meses circulando por el ciberespacio se han acumulado 177 cuentos sin gloria. Y es que luego de lo ocurrido allá en la Palestina del siglo primero, surgieron muchos motivos para escribir. ¿Tiene sentido seguir sumergiendo la pluma en la tinta? Sí, todavía vale la pena apostar por el amor en un mundo quebrado, por el perdón en medio de la violencia y por la esperanza a pesar del dolor. [i] Navidad: https://cuentossingloria.blogspot.com/2020/12/navidad_51.html   [ii] Cucho: https://cuentossingloria.blogspot.com/2021/...

Marxiano

Mis manos todavía huelen a parafina y aun llevo puesto mi pasamontaña negro, cuando lo veo salir de la Fuente Alemana. En medio de la revuelta, él cruza como Cristo caminando sobre las aguas. Al instante reconozco al barbudo. Con tufo cervecero, Carlos Marx me pregunta la razón de mi violencia. “¡Derribar al capitalismo!”, le grito, aguerrido, alzando mi puño. Me mira condescendiente. “Vea, joven, aquí le dejo mi obra ‘El capital’. Mejor quítese esa capucha y lea este libro”. Se marcha. Abro el mamotreto. Tiene una dedicatoria: “Amigo, esfuércese por comprender. Cuestione la realidad. Después podrá defender lo justo”. 

Problemas mentales

En mi jardín cultivo distintas plantas. Por eso sufro desde ahora la sequía profetizada para la Región Metropolitana. Me pregunto cuánto tiempo más podrán resistir mis matas silvestres la falta de agua. De veras echaré de menos el día cuando ya no pueda sumergir algunas de estas hojas en una infusión caliente. Será horrible levantarse de la mesa sintiendo el estómago pesado. Si ellas llegaran a marchitarse, los comensales perderemos una fuente natural de frescura y energía. No hay psicólogo ni psiquiatra que pueda revertir la situación. Es indisputable: el cuerpo humano resentirá los problemas la ausencia de la menta.

Conciencia

La estudiante aclara su voz y levanta la mano. El profesor le concede la palabra. Desde el fondo de la sala ella pregunta: “¿Alguno de sus clientes ha sufrido delante suyo una crisis de conciencia?” El hombre la mira por un par de segundos. Acto seguido, apunta su vista hacia la ventana y percibe que el sol se está escondiendo. Descifra el mensaje solar: “¡No quiero ni ver cómo saldrás de ésta! ¡Mejor que se entere la luna! ¡Adiós!”. El silencio se mantiene y se prolonga más de lo conveniente. Es notorio: el profesor no está preparando una respuesta, sino buscando burlar la interrogante. Pero la chica está decidida e insiste en su consulta: “¿Profesor? ¿Acaso sus defendidos carecen de conciencia?”. El docente mira al techo, luego al suelo y regresa sus ojos a la ventana. La luna y las primeras estrellas toman palco, curiosas. “Sí, por cierto, que tienen conciencia”, empieza por decir con calma. “Recuerdo a uno. Se llamaba Ruperto. Lo suyo fue inédito. Jamás me había tocado algo así. Re...

Almorzando

-           Señorita, por favor, le pido uno de esos sánguches gigantes. -           ¿Cuál quiere: el Troglodita Descarado o el Híper-Mega-Grotesco? -           A ver. Déjeme pensarlo. -           Pensar es siempre bueno. Pero apúrese, caballero. Mire la tremenda fila detrás de usted. -           Comprendo. Entonces deme cualquiera. -           No, así no se juega. Es una irresponsabilidad de su parte. -           ¿Cómo dice? -           Lo que oye: no me pida que decida por usted. Hágase responsable de sus actos. Y no vaya por el mundo buscando a quien culpar. -           ...

Palomas

Enumero palomas. Gracias a ellas aprendí a contar cuando era niño. Las veía volar o aterrizar en la plaza del pueblo donde nací. Ahora, a mis 45 años, ese juego casi se volvió mi trabajo. Fue una linda ilusión. Iba a remitir mis reportes al municipio, pues se suponía que me pagarían por eso. Lo haría a solicitud del alcalde, quien me había contratado luego de que una bandada expeliera sus excrementos sobre la estatua que él mismo ordenó levantar para honrar su propia imagen. Obtuve el encargo sin licitación ni resolución exenta. Todo fue rápido: viernes por la tarde, pasadas las 18.00 horas, en un subterráneo del ayuntamiento, a media luz y con voz baja, el señor alcalde me dijo que me remuneraría bien si yo lograba cuantificar la cifra exacta de las aves que sobrevuelan a diario el perímetro de la Plaza de Armas. No hablamos de precios, porque me explicó que es de mal gusto discutir por dinero. Tampoco me respondió qué pensaba hacer con los datos que yo le aportaría. Me tomó juramento...

Bilingüismo (2)

Ruperto abre su Biblia (una Reina Valera, de tapas negras, edición del 1960). Lee el Salmo 23 ante su congregación carcelaria. Los suyos son unos sermones que impactan incluso a los reos más duros. Hasta los rematados a presidio perpetuo lo escuchan con atención, aunque no le digan amén a cada rato. Dios ha usado la ignorancia idiomática de este maestro autodidacta para generar unas prédicas maravillosas dentro del penal. Hoy Ruperto proclama a viva voz el milenario salmo del buen pastor: “tu vara y tu cayado me infunden aliento”. Ahora reflexiona con tono profundo: “hermanos, ¡cáchense qué grande y pulento es nuestro Señor! ¡El tiene una vara y un caya’o! A ver, vó’h, Cara’e Choclo, dime, ¿qué pensay con eso de la vara?”. El condenado recién emplazado se cranea unos segundos y luego contesta: “Yo cacho que esa cuestión de la vara tiene que ver con poder, con autoridá”. Ruperto, satisfecho con la respuesta de su oveja, exclama: “¡Maravilloso!” Y acto seguido, mirando a otro sentenciado...

Puntería

Era difícil jugar a la pelota entre tanto cemento. Éramos niños chicos viviendo en antiguos edificios en el corazón del centro de Santiago. Escasez de verde, exceso de gris. Pese a todo, insistíamos en chutear el balón con inocencia. La cancha no podía ser peor: los márgenes estrechos de una calle con automóviles estacionados por ambos lados. Por eso pasaba lo que pasaba. Recuerdo un puntete que mandó rodando la pelota con la fuerza necesaria para voltear el balde de agua del vecino que lavaba su cacharro provocando su enojo (“Y a vos, mocoso, ¿quién te dijo que la calle era pa’ jugar a la pelota”?). O esa vez que en los mínimos pasillos del edificio donde vivíamos (un inolvidable sexto piso) me puse al arco para atajar un penal que iba a disparar mi hermano menor. No fue necesario atajar nada porque la pelota se elevó por las alturas hasta impactar la lámpara de vidrio que alumbraba el pasillo. El estallido nos asustó y mientras los cristales caían al suelo, corrimos a escondernos igu...

Vertiginoso

Inserta el casete en su personal estéreo. Oye la voz de Lucerito y eso le basta para sonreír (“Electricidad, ¡cuando tú me miras!”). Cruza la calle por el paso cebra mirando para ambos lados. Dentro de su boca, sus dientes y lengua muerden, aplastan y saborean un Grosso con centro de menta fuerte. Con la potencia de los músculos de sus labios infla un globo. Es la alegría hecha persona. Entra a la panadería y llena una bolsa nailon con siete hallullas. Cuenta las monedas, una por una, y paga el precio. Regresa a la casa con el chicle desgastado y oyendo el lado B de su casete (“Veleta… ¡tu única ley, el palo que te sujeta!”). Enseguida muele una palta, calienta la leche, llena de Milo un par de tazones blancos y pone la mesa. Sienta alrededor a sus dos hermanos menores. Juntos toman la once. Suena la campanilla de un aparato negro y uno de ellos corre a levantar el pesado auricular. Es la mamá avisando que llegará como a las siete y, de paso, pregunta si están hechas las tareas para ma...

Pajaritos

¡Pobres pajaritos! La tienen bien difícil. ¿Dónde podrán anidar? En la Línea 1 del metro de Santiago las opciones son pocas y complejas: emigrar al poniente es partir a Neptuno. Y volar al oriente, es meterse en las rejas. Lo primero es extremo: pedirles que abandonen la tierra para salir hacia los confines del sistema solar es agotador (¡un par de aleteadas más y se encontrarán con san Pablo allá en la gloria!). Entonces se preguntan, ¿será posible trascender aquellas malditas rejas que amenazan con enjaularlos? Quienes lo han logrado testifican que luego se llega al Ecuador. ¡Qué preciosura! ¡Calor en la mitad del mundo! Sí, esos son rumores motivantes, ilusiones poderosas para no aflojar el vuelo. [Nota del editor: léase con un mapa de la red de trenes santiaguinos frente a los ojos].  

Alegato

Ayer alegué por primera vez ante una Corte. Y hoy desperté sintiéndome como ese único gladiador que sobrevivió a un combate feroz. Es que me lancé con lo que tenía a mano. Llevo tres meses de práctica profesional y hasta aquí sólo veo problemas sin solución. Mi tutor me dio apoyo moral y hasta prometió que iba a orar al Señor por mí. Pero no me dio una sola idea ni me dijo siquiera a qué hora presentarme. “Llegó muy temprano, joven” – me señaló el gendarme al verme a las seis y cuarto de la mañana parado frente al pórtico principal. No supe qué responderle. Le sonreí. Mi única preparación fue haber ido la semana pasada como acompañante de Federico Soto, quien alegaba por segunda vez y se autoproclamaba un experto en la materia. Error: Soto me pareció el perfecto modelo de todo lo yo no estaba dispuesto a hacer cuando llegara mi momento. Empecé mi disertación apenas la presidenta me dio la palabra. Quise servirme un vaso de agua, pero el jarrón me resultó demasiado pesado para levantarl...

Tamar

No, eso no fue hacer el amor. Fue hacer justicia. Lo de esa última noche, a la berma del camino, no se compara al placer que sentí cuando me entregué a mi primer marido. Ni siquiera se le parece al desgarro parcial y calculado que sentí las veces cuando lo hacía con quien me casé por segunda vez. Sí, ese era un hombre tramposo, pero al menos con él podía acostarme sin ocultar mi identidad. En fin. La muerte me golpeó temprano. Algo habrá visto en ellos el Señor para que así, con misteriosa rapidez, yo enviudara todavía joven. Me dolió el regreso a la casa de mis padres. Quería amar, ser amada y también anhelaba criar. Estaba dispuesta a pactar por tercera vez, y lo afirmo con verdad, si no fuera porque Judá se me cruzó por delante negándome lo que me correspondía. Celó a su último hijo y lo apartó de mí como si fuera una bruja capaz de hechizos letales. Creyó el viejo que el tiempo borraría mis recuerdos. Pero tengo memoria. Admito que no esperé que fuera el cielo el que vengara mi afr...

Eutico

“Soñador”, así es como suelo presentarme. No, no por aspirar a grandes ideales. Nada que ver. Suelo quedarme dormido (y hasta roncar) en los lugares más inadecuados. Esa es la firme. Historias tengo varias, pero ahora les contaré una sola, la más extrema (una que incluso me llevó a ese sueño del cual los mortales jamás regresan). Aquí les voy. Esclavizado -como se vivía en esos años- un día tuve una jornada brutal: trabajo sin pausa, cuerpo adolorido y mucha hambre. Antes que Marx con su Manifiesto y mucho antes que los tratados internacionales, la OIT y todo eso, yo trabajaba los campos de sol a sol. Y ese día puntual fue intenso. Primero, sacos en la espalda de aquí para allá. Después, chuzo entre las manos y a cavar, cavar y cavar. Un hoyo, otro hoyo, uno más y otro más. En cuestión de una hora el suelo estaba perforado a puro músculo. Casi sin fuerzas, mi única motivación para salvar el día era ese permiso que conseguí por la mañana para reunirme con los discípulos del Mesías. Soy ...

Bemoles

“¿En qué me dijo que trabajaba, caballero?”, pregunta la entrevistadora. “Compongo himnos nacionales para Estados libres y soberanos”, le contesta el veterano. -           Oiga, disculpe, pero ¿eso sucede cada cuánto tiempo? -           Cada vez que la historia nos sorprende con la caída de uno que otro muro. -           ¿Cuándo fue la última vez que escribió un himno? -           Me pidieron varios cuando se desarmó la URSS. -           Oh, ya veo. Pero ¿eso habrá de suceder allá por las Europas del Este nomás? -           No, para el África también compuse: acuérdese que las coronas perdieron sus colonias. -           Comprendo. Pero, bueno, no se me vaya tan le...

Modales

Detiene el autobús con la mano empuñada y el pulgar hacia arriba (old school!). Lo aborda saludando al chofer. Enseguida paga su pasaje. Al caminar por el pasillo expele el grato aroma de su perfume. Sus zapatos negros recién lustrados brillan y encandilan a quien los mira. Busca dónde sentarse. Observa, piensa y descubre un puesto vacío al lado de una joven agraciada. Sentándose junto a ella, y sin quitarse los lentes negros que cubren sus ojos, le dice con voz ronca: “Entrégame tu teléfono y todo el dinero que tengas”. La chica no se inmuta y sigue haciendo lo suyo. Ella mueve los pies y tamborilea sus dedos al ritmo de una música insonora. Sus audífonos la mantienen aislada del mundo y sus desgracias. Entonces el hombre va por segunda vez, pero ahora tocándole un hombro hasta conquistar su atención. “Sí, dime, ¿qué te pasa?”, le contesta, rápido y seca, su improvisada compañera de viaje. -           Te estaba diciendo que me entregues tu...

Pundonorosa

Se emociona tanto con el mouse que recién ha comprado en la tienda, que abre la pequeña caja con alegría y usando unas enormes tijeras cartoneras. En eso, una de las afiladas hojas corta el cable del nuevo dispositivo electrónico. Ay, qué lata. Y se veía tan lindo. Ni modo: acabará el resto de la redacción del documento valiéndose nada más que de la destreza de sus dedos. Lo importante es llegar a tiempo a la oficina y entregar el reporte. Cuando termina, va a imprimir el informe y se percata que el cartucho de tinta está casi vacío. Le alcanza sólo para las primeras páginas. Resta todavía imprimir una enormidad de gráficos y cuadros estadísticos. Ni qué hacerle: llamará a la oficina para que alguien lo imprima mientras va de camino para allá. Lo esencial es estar presente y dar la cara. Sale a la calle. ¡Qué suerte! Allí está el colectivo, con su chofer llamando a viva voz a los últimos pasajeros. Se irá en cuestión de segundos. Corre, se acelera su corazón y su frente suda. Las puert...

Rechazo

Curioso por el título del curso, me matriculé en él. “Educación de la inteligencia” se llamaba la materia. La iba a dictar una profesora de visita en la facultad. No me atreví a reconocerle a nadie que iba a cursarlo. Mi discreción y disimulo fueron absolutos. Además, mi motivación nada tenía que ver con expandir las fronteras del conocimiento. Lejos de eso, yo sólo era presa de una íntima hipótesis que me obsesionaba. Antes había intentado verificarla yendo a los pubs, escribiendo poesía, caminando largos kilómetros, contemplando los gorriones que anidan en Santiago, leyendo una que otra novela prestada que nunca devolví, conversando con los viejos y jugando con mis sobrinos. Pero nada funcionó. No veía la luz. Al revés: como que el dilema se expandía dentro de mí hasta sofocarme. Por eso asistí al curso con tantas ganas. El primer día llegué con mi lápiz de tinta azul y mi cuaderno de 150 hojas en blanco. Me senté al final de la sala. No alcé la mano para responder porqué estaba allí...