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Entradas

Oficios

“¿En un baño público?”, cuestiona la entrevistadora. Y con esa pregunta deja escapar una cuota de desprecio que reduce su imparcialidad. Él se mantiene firme y opta por ser consecuente hasta el final: “Así es, señorita. Fue mi primer oficio remunerado: cajero en una caseta de baños ubicada dentro de un terminal de buses”. “Y supongo que fue una experiencia significativa para usted”, sigue ella, de nuevo con algo de ironía en su voz. Él sorbe un poco del café de grano que le sirvieron al ingresar al elegante salón y, siempre digno, acota: “Sí, por cierto. Aprendí que el mercado debe estar puesto al servicio del ser humano”. La mujer se descoloca. Sus anteojos se resbalan hasta la punta de la nariz. Boquiabierta y con una mirada de intriga le pide que desarrolle tamaña afirmación de principios. En calma, el postulante al cargo declama: “Vi rostros de hombres y mujeres atormentados porque les faltaba el dinero para comprar su ficha de acceso a los servicios. Y sin pagar el precio nadie po...

Trilce (= tri + lce)

Ocurrió alguna vez en un Santiago de Chile sin Google ni redes sociales. “¿Y a qué viene esa cara de angustia, Pedrito?”, preguntó el abuelo. “Ay, tata, es que el profesor de literatura nos mandó una tarea de investigación”, respondió el colorín pecoso de su nieto. “¡Investigación, tata! ¿Puedes creerlo? Ni que fuéramos detectives”. El viejo tuvo que contenerse la risa. Y fingiéndose serio le consultó al atormentado estudiante en qué consistía la dichosa investigación. “Tenemos que explicar por qué César Vallejo llamó “Trilce” a su poemario. “Vaya -dijo el abuelo-, la cosa tiene su gravedad”. “¿Viste, tata? ¡Te lo dije! ¿Cómo pretende el profesor que descubramos la verdad de este misterio?”, seguía quejándose el nieto. Pero el anciano no se amilanó. Estaba dispuesto a demostrarle al chiquillo que ese era un problema que sí tenía solución. Comenzó pidiéndole que leyera en voz alta sus apuntes de clases y las páginas del libro de texto. ¡Nada! Los datos eran mínimos. Sólo asomaban unos p...

Apasionados

Vieja, recuerdo cuándo y cómo te conocí. Fue por allá abajo, en lo profundo de la tierra. Estábamos encerrados en una caja metálica movediza. Se había recalentado el aire y me costaba un poco respirar. Entre todos los cautivos, tú eras la única diferente. El resto hacía lo mismo. Cabezas agachadas, miradas apagadas. Tú, no: fuiste distinta. Erguida de cuello y, con ojos vivos, observabas a tu alrededor. Nuestra vista coincidió. Ni tú ni yo la bajamos. Un segundo, dos segundos, cuatro segundos, ocho segundos y así, de forma exponencial, nos observamos. Nos dio risa. Entonces me atreví. Levanté mis carnes gastadas y llegué a tu lado. “Hola, soy José”, dije con timidez, pero directo. “Hola, soy Patricia”, respondiste, desinhibida. “Tengo 75 años, soy viudo y no entiendo de teléfonos celulares”, proseguí, desafiando al destino. “Yo tengo 70, me separé ni recuerdo cuándo, y cada día abordo este vagón preguntándome qué pasará”, fue tu honesta declaración. Salimos del metro tomados de la mano...

Sospechoso

Se enterneció mirando el jacarandá plantado en la mitad de la calle. Se detuvo y observó con asombro ese trozo de belleza entre tanto cemento de la urbe. En esa contemplación se hallaba cuando de pronto una señorita, con oídos taponeados por un par de audífonos y ojos fijos en la pantalla de su teléfono inteligente, se estrelló contra él. A ella ese golpe le dolió. “Oye, tú, gil, fíjate bien dónde te poní’”, exclamó la chica maltratando su lengua materna. Él se disculpó con ella, pero siguió, absorto, disfrutando de los colores y las formas de ese jacarandá metropolitano. En eso estaba todavía cuando, desde la vereda del frente, una señora corrió la cortina de la ventana de su casa para mirarlo con detención. Lo encontró feo, mal vestido y le inspiró desconfianza. “¿Qué andará haciendo este malandra por aquí?”, pensó la dama. Y con la evidencia a la vista, llamó a la seguridad municipal dando aviso de un sujeto cuya presencia amenazaba la indemnidad del barrio. Los guardias atendieron ...

Entropía

Entropía fue la única (y la mejor) manera que encontré para referirme a ella. Llegó al colegio siendo una niña de ocho años. Estuvo con nosotros un par de meses. No ingresó en marzo (junto con todos) ni egresó en diciembre (como era lo habitual). De inmediato llamó la atención de los profesores y compañeros por su pelo despeinado y sus frases de enciclopedia. Una vez frente al kiosco me vio contar las monedas y, lapidaria, sentenció: “tienes un problema económico”. La miré, así como ofendido, sin entender lo que quiso decirme. Y con el mismo rigor que me enseñó cómo se amarraban los cordones de los zapatos, me hizo ver que con el dinero que me regalaba mi abuelo, podía comprarme una bebida o un pan con huevo (“pero no las dos cosas a la vez”). Luego, Entropía desapareció de mi vida. Y así pasaron los años, muchos años, hasta cuando de pronto -otra vez- coincidimos. Fue en la boda de una amiga en común. Entropía andaba sola, vestía con simpleza, seguía luciendo su cabellera de leona y a...

Elecciones

“¡Urrutia presidente!” fue nuestro grito de guerra ese marzo de 1990. Éramos pililos del séptimo básico, inexpertos en todo, pero motivados para hacer campaña dentro del curso. No queríamos que ganara el Zavala: era un repitente del año pasado, mascador de chicles para disimular su aliento a pucho y uno de los primeros compañeros que lucía un incipiente mostacho (eso sí, lo suyo era apenas una chafarrinada en el rostro comparado con la barba dura que ya se asomaba en el mentón del Becerra). La mayoría nos jugamos por el Urrutia. En el último consejo de curso los dos candidatos pasaron al frente para responder nuestras preguntas. Eran interrogantes fundamentales: ¿Cuál sería la cuota mensual para el paseo de fin de año? ¿Cómo se las arreglarían para lograr que los profesores aplazaran las pruebas? ¿Podían asegurar que los días del campeonato mundial de fútbol las clases se suspendieran? ¿Quién era capaz de impedir que la vieja de castellano nos siguiera obligando a leer puros libros...

Banalidad

Hannah enciende su enésimo cigarro de la mañana. Sale del metro en la estación Quinta Normal. Está decidida a caminar las cuadras que la separan de la oficina de Extranjería y Migración. Se arma de paciencia y, documentos bajo el brazo, avanza con tranco presto por la calle Chacabuco. Los meses que lleva en Chile le ayudan a mirar con distancia lo que dejó en su tierra natal. Su equipaje es ligero: tomó consigo las pocas cosas que le cupieron en las manos el día cuando escapó para salvar su vida. Su trabajo como académica, sus publicaciones y sus comentarios políticos la volvieron el blanco perfecto para un gobierno empeñado en hacerla callar. Mientras tanto, camina y camina por calle Chacabuco. Se detiene a encender otro cigarro. En un incipiente español le pregunta a un maestro de la construcción cuánto le falta para llegar al número 1216. Le dicen que poco. Suspira y renueva la fuerza de sus pasos. Llega por fin. Se acerca a la ventanilla de la oficina de partes y, tras varios error...

Cualquiera

Aquí antes hubo tres cruces. Hoy, sólo una cabaña. El carpintero que la construyó conocía bien el oficio. De algún modo se las encarga para que, aún en su ausencia, el fuego se mantenga encendido. La única puerta -angosta, pero hecha a escala humana- permanece siempre abierta. No hay cercas, rejas ni alarmas. La experiencia enseña que entra cualquiera. A cambio de libros en los estantes, cuadros en las paredes y muebles dispersos por la habitación, en su interior apenas se halla un mesón donde se ofrecen sin parar pan fresco y vino nuevo. Ayer fue el turno de una mujer. Llegó sola, pero atormentada por siete demonios. Entró, se quitó los calzados, soltó su cabellera y aflojó sus ropas. Mientras el sol se ocultaba, ella se olvidó de sus vergüenzas y, sin culpas, tomó lo que había en la mesa. Comió y bebió hasta sentir que era hija, que era amada y que sus cadenas cedían. Al amanecer, emprendió su regreso a casa, liviana y liberada. Hoy le toca a hombre viejo. Viene solo, pero perseguido...

Moncho

Su vida cabe en tres escenas. Primero fue un bebé sobreviviente que, por la astucia de una matrona, burló a la autoridad que procuraba extinguirlo desde que era un feto. Cuando ya no fue posible seguir ocultando el hecho de su nacimiento, su madre lo entregó en adopción. Fue acogido por una mujer de la élite social. Creció hablando idiomas, leyendo poesía, iniciándose en las ciencias y saboreando el poder político. De joven tuvo sueños libertarios, tonificó sus músculos y abrazó ideales por los que llegó a matar a un hombre. Al descubrirse la sangre derramada, huyó de la justicia criminal. Desapareció del mundo. Comenzó entonces su segundo tercio viviendo un autoexilio. En tierras extranjeras se casó y se hizo padre. Los años pasaron y el delito prescribió. Engordó, le salieron canas y un día pensó que la vista le estaba fallando pues sus ojos parecían mostrarle un espectáculo botánico sin explicación racional. De curioso se acercó a mirar. Sin buscarlo, fue cautivado por el absoluto y...

Concursos

Rodolfo despertó pleno. Su sueño había sido agradable. Se halló de pronto frente a la comisión evaluadora de su curso de derecho penal. Dos profesores invitados acompañaban a la maestra titular de la cátedra. Él metió la mano a la tómbola y sorteó la papeleta número ocho. Sentía que la suerte estaba a su favor. Leyó en voz alta: “Tema: los concursos. Pregunta: discurra sobre las diferencias entre un concurso real y otro aparente”. Sin más, comenzó su exposición. “El concurso aparente -afirmó el estudiante- es como aquellas rifas truchas que yo salía a vender a la calle cuando era chico. Nunca hubo premios y jamás se realizó el sorteo, pero igual mis vecinos caían y me compraban todos los números”. “¡Brillante, Rodolfo!”, exclamó extasiada la penalista. “Siga, por favor”, acotó ella. “Y bueno -volvió el aprendiz-, el concurso real es uno de esos que se hacen en la televisión, cuando hasta el notario tiene que estar presente y las bases fueron publicadas en internet”. La comisión se pus...

Forastera

Era hermosa y todavía joven cuando la muerte le robó con violencia a su marido. Con él se fueron a la tumba esos besos y caricias que tanto la colmaban. A la basura también se fueron esos sueños de ser madre y amamantar a una criatura gestada en su vientre. Sufrió y lloró. Y mucho. “¿Qué vas a hacer ahora?”, es la pregunta que más oye en boca de sus amigas. La están empezando a notar más delgada e inapetente de lo habitual. “Está demacrada”, sentenció en voz baja una de sus vecinas. De pronto, esta viuda se halla gestionando pasaporte, pasajes y equipaje para ir a probar suerte al extranjero. “Amiga, por favor, ¡piensa con la cabeza! Allá donde vas no tienes casa, contactos y ni siquiera manejas el idioma. ¿Qué locura quieres cometer con tu vida?”, fue el consejo repetido por sus más cercanas. Pero ella no se detuvo. Y llegó el día cuando aterrizó en una cultura que no era la suya. Para sorpresa de los nativos, no tuvo asco de ir a competir al mercado laboral. Al instante se halló rode...

M&V

“Mitocondrias y Vacuolas” (M&V) era una asociación clandestina. La formaban los amantes secretos de la biología. Los pobres no podían confesar su pasión a viva voz pues se hallaban rodeados de una inmensa mayoría de matemáticos y gramáticos, y temían ser anulados. Estos últimos se oponían a esos que mostraban fascinación por estudiar la estructura, el funcionamiento y la evolución de los seres vivos. En nombre de los números y las letras, matemáticos y gramáticos insistían en reducir la realidad a un conjunto de reglas (cómo sumar, cómo dividir, cómo acentuar las palabras, cómo conjugar los verbos) y, cuando tales reglas eran infringidas, acusaban y condenaban el error (“no, está mal: el valor de X es 5”, “no, está mal: hipopótamo se escribe con hache y lleva tilde por ser esdrújula”). Y esto espantaba a quienes no concebían que la vida cupiera dentro de moldes. ¡Lo vivo no podía ser algo formal! En los recreos del instituto, los biólogos se reconocían por sus nombres de camuflaje:...

Identidades

Jürgen está perplejo. Siente que su trabajo ha sido despreciado por la empresa que contrató sus servicios. “En todo caso, no es la primera vez que me sucede”, dice él con modestia. “Suele ocurrir: entre las declaraciones y las acciones, hay distancias siderales”, reflexiona, levantándose los lentes de la punta de su nariz. Su consultora (“Haber Más”) ganó la licitación para asesorar a una entidad bancaria en la búsqueda de una persona capaz de administrar una nueva filial. “Se comunicaron conmigo -explica- atraídos por mis publicaciones sobre democracia e integración. ¿Y sabe lo que yo hice?”, interroga con retórica. Luego, se peina sus canas con las manos y tras unos segundos de silencio, responde sin estridencia: “Escogí con pinzas tres candidatos para verificar la calidad ética y política de aquella empresa”. Y asegura que esos tres eran igualmente competentes para el cargo. Sus diferencias eran, ante todo, sus cualidades personales. Nancy, la única mujer del grupo, se las ingenia...

Fortuna

Era un petimetre. Le gustaba seguir las modas de turno, llamar la atención del público y cuando advertía que las luces apuntaban hacia él, cuidaba su compostura. Pero un día sus finanzas cayeron en picada. Una cosa trajo a la otra: rompió con ella, discutió con la gerencia, se enemistó con los vecinos y, sin decir adiós, su gato saltó por la ventana y se fue. Así, en breve, su vida se había vuelto un zafarrancho. En el suelo comprendió que las apariencias son traicioneras. Destrozado como estaba, halló una oferta de trabajo para fungir como vendedor en una funeraria. Le hubiera gustado decir que no, pero aceptó por necesidad. A la semana, le había tocado hacer de todo: responder llamadas telefónicas, recibir clientes, consolar a las viudas con un vaso de agua y pañuelos limpios, vestir cadáveres y hasta predicar un sermón de esperanza en el camposanto. Para su propia sorpresa, descubrió que no estaba causando un desaguisado. Al contrario: sus actuaciones eran atinadas y lúcidas. Así, r...

Callos

Se encallecieron primero sus pies. La piel de sus plantas rozó tantas veces el suelo que acabaron por endurecerse. Se encallecieron luego sus neuronas. La presión de sus pares sepultó su curiosidad y, al final, lo hicieron optar por el silencio. Y se encallecieron, por último, sus afectos. Fue sumando traiciones que, una tras otra, lesionaron sus tejidos emocionales. Casi petrificado como estaba, llegó a la botica y se sinceró con la farmacéutica. Ella, mirándolo, le regaló -con el ojo derecho- una dosis de ternura y -con el izquierdo- unos miligramos de alegría. El cliente se sintió algo mejorado de sólo nombrar sus achaques. Para sus pies, le sugirió remojarlos en agua caliente y pulirlos con una piedra pómez extraída de un volcán de la zona. Para reactivar las sinapsis le prescribió leer una página al día de un libro milenario e ingerir tres cucharadas (mañana, tarde y noche) de maravilla (“¿de ese aceite vegetal, señorita?”, “no, mi señor, le estoy ordenando que recupere el asombro...

Partida (2)

Está borracho. Igual que ayer. Comenzó a beber siendo joven. Hoy sobrepasa los setenta y lo sigue haciendo. No puede detenerse. Aun así, me insiste para que acepte su invitación. Trae bajo el brazo su tablero y, dentro de una bolsa de tela, sus piezas de madera de gran tamaño. Recuerdo aquellos dameros minúsculos que usaban mis compañeros del colegio para jugar en los recreos. ¡Incomparable! En esta partida se aprecian peones del tamaño de los meñiques de mis manos, reinas de la altura de mis índices y reyes que sobrepasan la longitud de mis dedos cordiales. Juzgo a simple vista y canto victoria: nada más fácil que tomar ventajas sobre quien tiene la conciencia intoxicada. Me siento ganador. Pero el hombre aquel sabe lo que hace: el vodka que inunda su cerebro no le impide desplazarse por el campo y comerse mis jugadores respetando las reglas. No puedo imputarle manejo en estado de ebriedad ni conducción bajo los efectos del alcohol. Aquí, ebrios y sobrios pesan lo mismo. Él no compren...

Novatos (poesiando)

“¡Atención, pequeños saltamontes!” Es la voz del maestro dirigida a sus aprendices. “¿Quién leerá primero?”, continúa él. Silencio en la sala. Lleva dos semanas intentando que los asistentes al taller se atrevan a escribir y leer poesía. Hasta ahora sólo escucha quejas y excusas. Ninguno se siente digno de abrir la boca y leer a viva voz aquello que ha escrito en el papel. “Es que me quedó muy feo, profe”, dice uno. “Mis compañeros se van a reír”, dice otra. “Usted no comprenderá lo que quiero decir”, sigue uno más. “No me entiendo mi propia letra, profesor”, remacha la última. “Vamos, mañana leerán todos. Será nuestra última sesión. Nunca me había tocado un grupo tan callado como ustedes”, sentencia, cansado, el poeta. Esa noche algunos se desvelaron pensando, buscando, sintiendo. ¿Sobre qué escribir cuando se han agotado los temas? ¿Cómo no bostezar si el aburrimiento gana por paliza? ¿Es posible revivir los afectos usando palabras gastadas? Se cumplió el plazo. Viernes por la tarde,...

Peralta (3)

“¡Ha vuelto a atacar!”, se quejó el comisario delante de Peralta. “Estuve toda la mañana” -continuó- “con los padres de la niña. Lloraron mucho más de lo que aportaron. Pero dijeron lo esencial. No hay dudas, ha sido él: hombre gordo, pelada franciscana y manos tatuadas con piel de serpiente”. Apenas el comisario terminó de hablar, autorizó que Rodríguez ingresara a su oficina. Ella venía trayendo dos vasos de café en sus manos. “Adelante, Rodríguez. Tome asiento. Y no tenía por qué molestarse con ese café para mí”, bromeó su jefe consciente que el destinatario era Peralta. Hoy era su primer día de regreso en sus funciones luego de meses de licencia médica. “¿Y cómo es que siguen cayendo nuevas víctimas?”, dijo el detective sin pretender que nadie le contestara. “Es un embaucador profesional”, acotó Rodríguez con firmeza. Peralta la observó con admiración y gratitud mientras ella le entregaba el vaso de café. Y de inmediato, la inspectora sentenció: “jefe, vengo a informarle que nuestr...

Indio

Es chileno, pero vive en Bolivia. Transcurren los primeros años de la década de los ochenta. Se siente a disgusto en esta tierra que no es la suya. Se quedará sólo hasta cuando el negocio siga siendo rentable. Luego se irá. “Nada más de precolombinos”, piensa con ironía. Pero hoy, cosa curiosa, está de buen ánimo. Saldrá de La Paz por unos días rumbo a Coroico. Eso lo emociona: paisajes exóticos, hotel cinco estrellas, la eterna primavera. Aborda su camioneta y maneja con precaución. Andando por las alturas, toma conciencia de la belleza mortal del lugar: hay quienes perdieron el control del volante o de los frenos y acabaron por allá abajo. No será su caso. Anhela llegar a su paraíso particular y obsequiarse su merecido descanso. A mitad de camino, un puñado de lugareños le hacen dedo. Están cansados. Le piden que los lleve lo que más pueda. Se hace tarde y la humedad tropical deja espacio al fresco de la noche. El chileno piensa cobrarles; no tiene ganas de regalarles nada. Pero los ...

Fea

De pequeña aprendió a resistir el rechazo. Correteada de cuanta casa, escuela o transporte por donde pasaba, su vida se redujo al único objetivo de sobrevivir. Nunca supo de cumpleaños ni días especiales. Ha sido perseguida, a veces con violencia. Interesada en conocer si en otros países las que son como ella corren la misma suerte, ha investigado el asunto. Se ha enterado que sí: que en los cuatro puntos cardinales le esperan gestos de repudio, palabrotas y golpes letales. Entonces duda si quedarse o partir. Al final optó por seguir en tierra conocida. En su fragilidad está dispuesta a vivir sin comodidades, pero los fuertes se la hacen difícil. En su presencia siempre arrugan la cara y levantan las manos para que se vaya. “¡Fuera de aquí, sucia!”, es el mensaje que lee en los rostros de hombres y mujeres, sin importar apellidos ni clases sociales. Ha sido expulsada de comisarías, iglesias y del Palacio de Gobierno. Atribulada, pero sin resignarse a su realidad, aprendió el lenguaje d...