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Entradas

Expulsados (2)

Desperté. Ese sueño mío fue horrible. Sentí el alivio de la luz del amanecer. Estaba a salvo. Contento bajé de la cama y caminé directo a la cocina. Mi alegría de saberme en casa crecía con cada acción conocida: sacar la cafetera, hervir el agua, poner las cucharadas colmadas de café y sentarme a esperar el resultado oyendo a los pájaros cantar. En eso sonó el citófono. Eran apenas las siete de la mañana de ese sábado. No tenía sentido oponerme a que subieran. Llegarían igual a nuestro departamento, con o sin mi permiso. A los segundos cruzaban el umbral de la puerta. “Buenos días. Sólo déjenos hacer nuestro trabajo. No complique las cosas. Hemos tenido que pulverizar al conserje. Sería desagradable y antihigiénico repetir el procedimiento con usted”, me dijeron los agentes. Los contemplé con admiración. Ella me sacaba una cabeza más de altura y él, por lo menos dos. Sus cuerpos eran perfectos y sus caras hermosas. Si no fuera por el tono metálico de sus voces y esos lentes oscuros, pa...

Expulsados

Y llegó el día cuando las máquinas tomaron el control del planeta. Entonces el ser humano se volvió algo innecesario, primero, y peligroso después. Los entes surgidos gracias a la tecnología vanguardista y controlados por los métodos de la nanotecnología fueron capaces de generar orden. Tamaña reducción del caos y la incertidumbre se estimó como inmensa ganancia. Cuidar el nuevo estado de cosas pasaba por deshacerse del principal enemigo: la raza humana, un conjunto de seres con fecha de caducidad, inteligencia finita y saturados de caprichos, prejuicios y traumas no superados. La robótica ofrecía mejores garantías para el cultivo de la tierra y la preservación animal. Así comenzó a nivel mundial el derrumbe de los palacios de gobierno, las sedes parlamentarias, los tribunales de justicia, los colegios y universidades, los templos, mezquitas y sinagogas. En los 54 países del continente africano se instalaron sendas pistas de despegue. Los vuelos se programaron cada 15 minutos con una c...

Probabilidad

Andrés Araya fue condenado como autor de homicidio. Se le achacó haber ingresado al despacho del jefe del servicio donde trabajaba y, mientras éste dormía la siesta, hacer un nudo ciego en la corbata de la víctima hasta asfixiarla. Dos testigos dijeron haber visto que un hombre de piel morena y ojos claros salió raudo del gabinete, corrió escaleras abajo y abordó una motocicleta que era conducida por una chica colorina que tenía tatuados ambos brazos. Lo cierto fue que durante el juicio oral ninguno de los testigos fue capaz de reconocer a Andrés Araya como el sujeto que atentó contra el finado señor director. Se les permitió incluso ver al acusado de cerca y hasta se amplificaron fotografías suyas en la pared del tribunal, mas nada: nadie lo identificó como el agresor. Pero el fiscal se negó a creer en el azar, optó por interpretar los datos aportados por la policía e hizo un juego de probabilidades. Demostró que Araya reunía la totalidad de las características del sospechoso: era cos...

Kuzaschka

Lo bautizaron así un par de niñas rusas. Eso sí, el felino nació aquí en Chile (y supongo que en Santiago). Con frecuencia toca explicar que su nombre significa ‘mordedor´. Es un animal fiero, nada apacible. Decenas de veces ha robado la comida de sobre la mesa (sin respetar la elegancia del mantel ni esperar que las visitas disfruten primero de los bocados). En más de una oportunidad ha clavado sus dientes y garras en las piernas y brazos de las chicas de la casa. Y, lo admito con celos, me desagrada la confianza e intimidad que logra con mi mujer al momento de la siesta. Gracias a él comprendí la locución latina mens rea . Basta contemplarlo en acción para advertir la intención y la conciencia que lo mueven a perpetrar sus conductas ilícitas. El día cuando fui a representarle que no iba a tolerar más su flagrante infracción a las reglas del hogar, replicó que mi concepto de derecho le parecía de un reduccionismo grosero. “¿Y se puede saber por qué?”, objeté. “¿Pues dónde dejas los pr...

Vocación

Con sus apenas 16 años, Erasmo no supo salir de esa encrucijada. Llegado el fin de año, en su liceo lo forzaron a escoger su futuro para el tercero y cuarto medios. Matemático, biólogo o humanista. Entre las tres opciones tenía que decidirse por una. “Soy malo con los números”, admitió con cierta vergüenza. “Y las letras son para los cegatones que terminan leyendo con anteojos potos de botella”, pensó molesto. Y, ni modo, así nació un científico por descarte. Y al año siguiente comenzó a sufrir las consecuencias: horas adicionales de biología y química. Se le cansaban las manos de tanto escribir los dictados de sus profesores sobre el ciclo de Krebs al interior de las mitocondrias y la teoría atómica de Dalton. Entre trimestres y semestres, las cosas fueron cayendo por su peso. Lo suyo no era la estructura ni el funcionamiento de los seres vivos, y tampoco las propiedades y transformaciones de los cuerpos simples o compuestos. Mas aun así no echaba marcha atrás. Las dosis de matemática...

"¡Ju-To-Ah-Ya!"

Buenos días. Usted se ha comunicado con “¡Justicia Total Ahora Ya!”. En este momento nuestros juristas, docentes y litigantes se encuentran ocupados (como sabrá, vivimos en un mundo injusto). Por favor, conserve la paciencia y manténgase en línea. Su conflicto jurídico es muy importante para nosotros. Mientras tanto, si es nacional, digite su cédula de identidad (tenga presente que no le está permitido suplantar a su prójimo). Si es extranjero, ingrese su número de pasaporte (si su país de origen se lo ha denegado de hace meses, será atendido por una de nuestras operadoras). Si es prófugo con orden de captura en su contra, sólo espere hasta ser oído (y recuerde que tiene derecho a guardar silencio). Ahora bien, para entuertos civiles marque 1 y luego medite si el contrato que pretende incumplir nació de su propia voluntad. Para cuestiones penales marque 2 y piense si el delito que se le imputa es la consecuencia necesaria de su vida en libertad. Para asuntos laborales marque 3 y acto s...

Barbero

Instaló su barbería en Santiago centro apenas recibió su visa temporaria. Sí, es uno más de los tantos dominicanos que ofrecen el mismo servicio. Aprendió observando, equivocándose y atreviéndose. Pero con el pasar de los días él fue destacando entre sus pares. Su habilidad radica no sólo en sus manos ni tampoco en ser un buen conversador. Su secreto es la capacidad de formular la pregunta precisa para cada cliente. En eso es insuperable: un verdadero francotirador. Y hecha la consulta, se dispone a escuchar. En respuesta casi siempre recibe un relato. Aun los más callados acaban abriendo la boca al ser emplazados por este barbero tan profundo y bien pensante. Así, entre cortes de cabellos, barbas y bigotes, ha ido recopilando miradas sobre la peste en el mundo; la debilidad de la democracia; el miedo al mañana; la feminidad y el feminismo; las redes sociales y la adicción a la información; en fin, Dios, la muerte y los muertos. ¿Qué hace con todo lo que le entregan? Este barbero juega...

Cándidos

“Oye, Martín, ¿me podí tomar una selfi?” - le preguntó Benjamín. “No, po’. Tú sí que estay mal. Mira, te voy a hacer una autocrítica: si yo te tomo esa foto entonces ya no será una selfi de verdá, ¿cachay?” - le respondió su compañero. “Ah, chuta. ¿Y cómo lo puedo hacer para tener una selfi de verdá, oye tú?” - prosiguió el recién autocriticado. “Tú mismo, po’, te la tení que puro tomar. La cosa es entre ti mismo y tú mismo”, continuaba Martín con tono heideggeriano. “Pucha, eso está pelúo, ¿no veí’ que todavía me estoy comiendo mi completo?” - afirmó el Benja con la boca llena de migas de pan. Martín, experimentado en el arte de la vida, reprendió de nuevo a su compinche: “Benja, tú sí que no cachay ná’, ¿cómo me podí decir que eso es un completo si no tiene palta, tomate ni mayonesa?” ¡Jaque mate! Benjamín no sabía qué decir ante tamañas verdades. Atragantado con la salchicha que trataba de tragar en ese momento, y sin la selfi que deseaba, se fue hundiendo en el silencio. Martín ya ...

Mosquera (2)

Con una torpeza no habitual en él, esa mañana Mosquera volteó su café con leche sobre las páginas de su Biblia. La bebida caliente se fue a mezclar con las lágrimas del profeta Jeremías en sus Lamentaciones . Se apresuró a secarla, pero, ni modo, el sacrilegio ya estaba cometido y el daño, causado. Al mediodía recibió una llamada en su celular. “Murió, Mosquera. Lo supimos recién. Se fue esta madrugada”, fue todo lo necesario para saber que le hablaban del enfermo que había visitado unos días atrás. “¿Dónde quedaron, Señor, mis oraciones por su sanidad?”, se preguntó en silencio. El dolor enmudeció al colombiano. Ese enmudecimiento brutal impuesto por la fuerza de la realidad le recordó el día cuando la PDI le notificó el decreto administrativo que disponía su expulsión de Chile. Esa vez logró zafar por los razonamientos de equidad de la Corte Suprema. Pero ahora se trataba de una muerte. Perturbado como estaba todavía, por la tarde sus vecinos llegaron a la pensión donde duerme por la...

Mosquera

Mosquera es colombiano. Nació en el departamento del Chocó, luego vivió varios años en Medellín y un día, urgido por la necesidad, emigró a Chile. La esencia de su vida -ayer allá y hoy, acá- transcurre entre su fe, el fútbol y el café. Durante su residencia en Santiago -pellejerías y desventuras incluidas- ha logrado cultivar esos tres amores. Apenas tiene una oportunidad, recita con gracia uno de esos versos bíblicos que guarda en la memoria. Cada mañana, a eso de las seis, Mosquera bebe dos tazas de café: la primera cuando lee los salmos y la segunda cuando se enfoca en el Nuevo Testamento. Con leche y sin azúcar, el café lo despierta tal como lo va haciendo el Espíritu. El otro día supo de un vecino hospitalizado. Lo fue a ver. Pidió permiso al personal de turno e impuso sus manos sobre el enfermo. Oró pidiendo su completa sanidad. Luego le entonó una canción y leyó para él un trozo de la carta de Pablo a los filipenses. Y esta tarde el desafío no es menor: le pidieron de urgencia ...

¡Trujamán!

Acuamán y Supermán se detestaban cada día más. El uno no entendía lo que el otro quería decir. Y viceversa. El hombre del agua criticaba a su colega porque éste se daba ínfulas de altura y elevación y al final sus ideas eran pedestres. Por su parte, el hombre de los aires le achacaba a su par que éste osaba sumergirse en las profundidades del pensamiento y terminaba emergiendo en lugares comunes. La enemistad entre ambos era tóxica y expansiva al punto que Gatúbela lo advirtió. Ella les dijo que les urgía contratar los servicios de un trujamán. Ni uno ni otro comprendieron el consejo de la mujer felina, pero prefirieron callar para no quedar de ignorantes. Apenas ella les dejó, ambos superhéroes fueron a consultar el diccionario de la lengua (¡bendita sea la Real Academia Española!). Contentos y motivados publicaron un aviso en sus redes sociales: “Se busca trujamán”. Llegaron una centena de candidatos. Los entrevistaron a todos y se quedaron con el más viejo. Era un humano calvo, con ...

Perspicuo

La conocí en un simposio sobre el dativo simpatético. Su conversación me pareció simpática, mas para nada simple. De paso, quedé prendado de la belleza de su simpa. Al instante me hice su fiel simpatizador. Días después la vi en un coloquio. Ahora sí, todo me resultó más coloquial. El asunto trataba sobre el cuidado apropiado de las coloquíntidas. Yo, por sugerencia de ella, había colocado una en mi jardín. Esa tarde supe, además, que era colocolina. Sí, es palmario: desde entonces acato sus instrucciones (incluso aquella de plantar una palmacristi). Es que me convenció cuando me relató su extenso palmarés. ¡Si hasta fue necesaria una palmada suya para despabilarme! Una mañana en el metro me pidió que le contara algo. Le dije que lo mío eran los cuentos. ¿Qué cuantos le conté? Sólo uno, pues no sabía si me tomaría en cuenta. Opté por “Mi mitocondria mitológica”. Le molestó la cacofonía del título. Me sugirió que mejor me dedicara, como ella, a la importación de los cacomites. N...

Profana natividad

* “No lo niegues. Eres como yo. Se te nota”, afirmó Elizabeth. A Marianne, la joven haitiana recién llegada al equipo de limpieza, esas palabras la sorprendieron. “Ayer te vi haciéndolo”, continuó Elizabeth. “Tú ni cuenta te diste. Pensabas que estabas sola, que serías la última en retirarte. Encima dejaste la puerta semiabierta. Y yo justo pasé por allí. Entonces vi que la tenías en tus manos. Me quedé quieta, en silencio. Por la ternura de tus dedos al tocarla supe de inmediato que eso nacía de un corazón ardiente. Me gustó verte así. Me dije: ‘mañana le hablaré’. Más de alguna ocasión también lo hice por aquí mismo. Una vez lo intenté en un vagón del metro, pero alguien me advirtió que se veía como un acto de provocación. Entonces opté por el secreto. A solas. O en mi habitación o, a lo sumo, en los baños. Ayer te vi y te reconocí enseguida. Tú eres como yo”.   * Marianne dejó Puerto Príncipe hace pocos meses. Primero emigraron sus vecinas, luego sus primas y, por último,...

Pesadilla

Despertó sobresaltado. El señor Buendía tuvo una malísima noche. Soñó que un grupo de encapuchadas vestidas de negro lo secuestraban cuando, de camino a su tribunal oral penal, silbaba contento bajo el calor del sol. Esas oníricas mujeres sin rostro lo subían a un helicóptero y lo alejaban de la ciudad. En los minutos de vuelo se quitaron las capuchas y comenzaron a dispararle miradas en silencio. El juez las reconoció enseguida: una era la madre del niño hospitalizado que dejó de respirar asfixiado en su vómito (“se absuelve al médico acusado por falta de prueba”); otra era la colegiala manoseada en la parte trasera de un vehículo detenido (“se absuelve al profesor acusado porque la víctima fue incapaz de reconocerlo en la sala de audiencia”); y aquella última era la abuela asaltada por una pandilla de adolescentes (“se absuelve a los encartados por no haberse formado este tribunal, más allá de toda duda razonable, la convicción de que hayan participado en los hechos investigados”). E...

Votaré

Corría el 1996 cuando don Germán Urzúa Valenzuela impartía por última vez en su vida su cátedra de derecho y política. La muerte lo sorprendería, a sus setenta años, en abril del noventa y siete. Éramos mechones y nuestra juventud desafiaba las siete décadas de existencia del maestro. Recuerdo esa mañana cuando afirmó que él suponía que todos los que estábamos dentro de la sala éramos ciudadanos, sujetos capaces de elegir y ser elegidos. Hasta entonces, nunca había pensado en eso. Motivado por sus lecciones y por las historias que contaba al dictar sus materias, decidí ir a inscribirme en el Servicio Electoral de mi comuna. Desde ese momento hasta ahora he participado en todas las elecciones, salvo aquellas dos que coincidieron con las mañanas de sendos viajes al extranjero (temí que si madrugaba para ir a votar me dejarían como vocal de mesa… ¡chao, viaje!) La del próximo domingo será una cita más. Encerrado tras ese velo negro volveré a marcar una preferencia. Creo en el Mesías y sé ...

Robo

“¡Bájate, perra cul#$%&@!”, le grita a Simona apuntando el cañón del revólver sobre su frente. Ella no atina a reaccionar. El miedo la paraliza en fracción de segundos. “¡Sale, te digo, zorrona de la conch#$%&@!”, insiste él, con voz gutural y gestos escatológicos. Simona despabila y, con la mente fría, se baja de su vehículo y lo entrega al asaltante. Él convierte sus manos en garras y con agilidad oprime los senos de su víctima. Ella no logra zafar y se resigna a ver cómo él, después de tocarla, la suelta con un empujón, aborda el automóvil y lo acelera con locura. Simona respira hondo. Todavía petrificada, pero con decisión, se moviliza hacia la comisaría más cercana para denunciar el hecho. De camino, sufre una contradicción insuperable: apenas una hora atrás estaba dictando su cátedra universitaria. Hoy le había tocado exponer sobre el valor de la argumentación racional. Pero eso ya pasó y ahora está aquí caminando. Su cerebro funciona procesando las impresiones vividas y ...

Tregua

El Memo se sienta a observar cómo la mantequilla se derrite sobre la marraqueta tostada. Luego contempla la bolsa de té que infunde su esencia y color en el agua caliente. Levanta su vista y detecta que la ventana está abierta. El calor del día cede ante la frescura del viento de la tarde. Se le escapa una sonrisa. Mantiene los ojos abiertos y aguza sus sentidos. Se percata de los detalles de su entorno: paredes corroídas, grafitis airados y dos perros desnutridos acoplándose. Advierte que es complicada la supervivencia de los expatriados del Edén. Al lado, una joven vecina intenta calmar el llanto de su bebé; a la redonda, una abuela sin dientes recibe en la boca una papilla; y más acá, justo en la plaza del frente, un hombre cesante lee el periódico del domingo pasado. Pero el Memo regresa a la marraqueta y al té. Mastica el pan y sorbe la taza sabiendo que el suyo es un mundo quebrado. Le duelen las decisiones arbitrarias, esas que no rinden cuentas a la ley ni a la razón. Mientras,...

¡Buses! (Thoreau)

Por el cine llegué a la poesía y por la poesía llegué a los buses del Transantiago. ¿Que cómo fueron las cosas? Pues, así como aquí se las cuento. Era un adolescente cuando vi la película “La sociedad de los poetas muertos”. Usted la recuerda, ¿verdad? De ella olvidé casi todo, pero en mi memoria se grabó un verso (perdone lo poco). Se grabó, eso sí, como uno de esos recuerdos tramposos que mezclan hechos reales con ciertos acomodos de la imaginación. “Me fui a los bosques porque quería mamar la sabia de la vida”, era lo (único) que quedó escrito en uno de los archivos de mi memoria juvenil (y así me lo repetí por mucho tiempo en el silencio de la mente). Años después, y gracias a la internet (bendito sea el Google), llegué a la cita completa. Me percaté entonces que mi recuerdo era una frase mutilada. Investigando descubrí que ese verso era apenas un extracto de un poema escrito por Henry David Thoreau. Cuando lo tuve frente a los ojos (al poema, no al poeta) mi alegría fue total. ¿...

Oficios

“¿En un baño público?”, cuestiona la entrevistadora. Y con esa pregunta deja escapar una cuota de desprecio que reduce su imparcialidad. Él se mantiene firme y opta por ser consecuente hasta el final: “Así es, señorita. Fue mi primer oficio remunerado: cajero en una caseta de baños ubicada dentro de un terminal de buses”. “Y supongo que fue una experiencia significativa para usted”, sigue ella, de nuevo con algo de ironía en su voz. Él sorbe un poco del café de grano que le sirvieron al ingresar al elegante salón y, siempre digno, acota: “Sí, por cierto. Aprendí que el mercado debe estar puesto al servicio del ser humano”. La mujer se descoloca. Sus anteojos se resbalan hasta la punta de la nariz. Boquiabierta y con una mirada de intriga le pide que desarrolle tamaña afirmación de principios. En calma, el postulante al cargo declama: “Vi rostros de hombres y mujeres atormentados porque les faltaba el dinero para comprar su ficha de acceso a los servicios. Y sin pagar el precio nadie po...

Trilce (= tri + lce)

Ocurrió alguna vez en un Santiago de Chile sin Google ni redes sociales. “¿Y a qué viene esa cara de angustia, Pedrito?”, preguntó el abuelo. “Ay, tata, es que el profesor de literatura nos mandó una tarea de investigación”, respondió el colorín pecoso de su nieto. “¡Investigación, tata! ¿Puedes creerlo? Ni que fuéramos detectives”. El viejo tuvo que contenerse la risa. Y fingiéndose serio le consultó al atormentado estudiante en qué consistía la dichosa investigación. “Tenemos que explicar por qué César Vallejo llamó “Trilce” a su poemario. “Vaya -dijo el abuelo-, la cosa tiene su gravedad”. “¿Viste, tata? ¡Te lo dije! ¿Cómo pretende el profesor que descubramos la verdad de este misterio?”, seguía quejándose el nieto. Pero el anciano no se amilanó. Estaba dispuesto a demostrarle al chiquillo que ese era un problema que sí tenía solución. Comenzó pidiéndole que leyera en voz alta sus apuntes de clases y las páginas del libro de texto. ¡Nada! Los datos eran mínimos. Sólo asomaban unos p...